LA FE DE SOR JUANA

por

Alejandro Soriano Vallés

Todavía te falta una cosa: vende todo lo que
tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás
riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme".

Lc VIII, 22.

Este año se cumplen 10 de la publicación en Monterrey de un documento que, de ser auténtico, debería poner luz en el tan debatido dilema de la "conversión" de Sor Juana Inés de la Cruz: se trata al parecer de la copia de una carta que la poetisa dirigió a su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, para responder a sus públicas "reprensiones".

El término "conversión" se refiere al supuestamente repentino "cambio" que llevó a la monja a abandonar, al final de su vida, sus estudios y escritos para dedicarse a "ir más allá de sí propia, en busca de quienes la necesitaban" (Ezequiel A. Chávez).

Este es un hecho que ha enfrentado sin cesar a los críticos, pues las razones del mismo no están del todo claras. Por un lado, los católicos, encabezados por el insigne editor de las Obras de la jerónima, Alfonso Méndez Plancarte, ven en dicha renuncia lo que éste llamó "la hora más bella"; el tiempo de volverse definitivamente a la verdadera sabiduría. Por otro, los liberales interprétanlo como resultado de la presión ejercida por "altos prelados" (O. Paz); como "una abdicación y anulación de su vida entera".

Sin embargo, la controversia ha rebasado estos límites para, allende las relaciones de Sor Juana (1651-1695) con sus superiores, involucrar puntos mucho más delicados y trascendentes, como son la esencia de toda una época (el Virreinato, desde siempre calumniado), la historia, el rostro de México, el de la Iglesia y, por si fuera poco, el de la fe. He aquí, por ejemplo, un razonamiento que, aplicado a Sor Juana, desconoce la confianza en el único Salvador de los hombres: "Perdidos en una cavilación sin fin y en el inacabable examen de culpas imaginarias, temperamentos como el suyo terminan por condenarse a sí mismos. Incapaces de redimirse por sí solos, buscan afuera lo que no encuentran en ellos: un apoyo, un sostén" (Octavio Paz). (El cursivo es mío).

La tesis que en este sentido se han postulado son muchas e imposibles de enumerar. Atengámonos por tanto a la que, tomada de Dario Puccini (SJIC, Studio d'una personalita del barocco messicano), O. Paz ha puesto en boga. En ella se afirma que Sor Juana fue el "chivo expiatorio" de un pleito entre obispos:

En 1684 fue nombrado Arzobispo de México Francisco de Aguiar y Seijas, misógino y, consiguientemente, enemigo de Sor Juana. A este cargo había aspirado asimismo el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, quien, por otra parte, era buen amigo de la poetisa. En contubernio con ella e instigado por la envidia, Santa Cruz "sugirió" a Sor Juana que escribiera en 1690 una crítica a un sermón pronunciado 50 años antes en Portugal por un personaje sumamente admirado por el arzobispo Aguiar: el jesuita Antonio de Vieira. La crítica de Sor Juana resultaba ser entonces una crítica disfrazada a Aguiar. Maliciosamente ésta fue luego publicada por el obispo de Puebla con el título de Carta Atenagórica, y llevaba un "prólogo" suyo en el que, paradójicamente, reprendía a la monja por cuestiones que veremos más adelante. Dicho "prólogo" se conoce como Carta de Sor Filotea de la Cruz, pues bajo este seudónimo se ocultó el obispo. Al conocer el escrito, el arzobispo, según esta hipótesis, habría cebado su cólera en Sor Juana. Uno de los medios más eficaces para ello lo encontraría en el confesor de la monja, quien, a la vez, estaría su contra por ser jesuita, como el criticado Vieira. La "presión" sobre Sor Juana habría comenzado a subir de tono hasta llegar a ser insoportable. Pero antes de "someterse", la madre escribió una nueva carta (no dirigida a sus "enemigos", sino a su "aliado" Santa Cruz-Sor Filotea) para responder a las "acusaciones" que en contra suya se hacían y que, por lo mismo, lleva el nombre de Respuesta. En ella se dilata narrando su vida, su pasión por el estudio y las razones históricas que lo justifican en la mujer, así como las que la han llevado, hasta ese día de marzo de 1691, a escribir. La venganza luego habría caído sobre Sor Juana bajo la forma de obligarla a abandonar su biblioteca, sus estudios y escritos (h. 1692). Después poco se sabe. Aparecen unos papeles, "indignos de ella", en que renueva sus votos religiosos. Su fe la ha "entrampado".

Como se desprende de esta versión, el argumento capital con que sostiene que la "conversión" de Sor Juana no fue voluntaria se divide en dos: a) se trata de una "venganza" de Prelados que b) usaron fundamentalmente de criterios como la inmoralidad del estudio en la mujer y la vanidad que en ella produce el escribir poesía para llevarla a cabo.

Ahora bien, hasta aquí, los tres documentos principales para estudiar los hechos, tanto para un sector de la crítica como para otro, eran: La Carta Atenagórica, su prólogo o Carta de Sor Filotea y sobre todo, la Respuesta. Pero volvamos ahora a la carta de Monterrey. Una atenta lectura no sólo no confirma, sino que hace que se vengan abajo los argumentos antes sostenidos, ya que a) muestra que las "críticas" a Sor Juana no forman parte de una "venganza", pues le eran ya hechas por su confesor años antes de que ella escribiera la Carta Atenagórica. También muestra que no se trató de "críticas" hechas por Prelados, sino sólo por el confesor, que no tenía, como Sor Juana misma nos lo hace saber, tal categoría. Y b) los criterios supuestamente "usados" en su contra no son sino opinión del confesor (aunque compartida por diversas personas que, nunca mencionadas, nos son desconocidas), y como tal no involucra ni a toda la jerarquía eclesiástica, ni mucho menos a la fe. Veamos.

A) La principal proposición de esta teoría es que la "venganza" de Aguiar se centra en conseguir el total sometimiento de Sor Juana. Para lograrlo se apoya en el confesor, quien, a su vez, intenta reducir a la monja al total abandono de su dedicación a las letras. Esto se probaría por la defensa que de ellas hace Sor Juana en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.

Ahora bien, el propio O. Paz fecha la carta de Monterrey "antes de 1683", es decir casi 10 años antes del supuesto "enfrentamiento" de obispos producido por la Carta Atenagórica. Esto es para asombrarse, claro, puesto que dicha carta contiene ¡los mismos temas que la Respuesta! Lo que significa que cuando menos siete años antes de la "querella" de obispos, Sor Juana se defendía ya ante su confesor de las dos acusaciones básicas que éste le hacía y que encontraremos repetidas en 1690 (año de publicación de la Carta Atenagórica). Pero es posible ir aún más atrás: las recriminaciones existían, según Sor Juana explica, de hecho desde 1675, puesto que ella menciona en la carta (1683) que "hay muchos tiempos que varias personas me han informado de que soy la única reprensible en las conversaciones de V. R. (su confesor)".

Aún más: Sor Juana menciona que ya entonces su afición es calificada de "escándalo público, y otros epítetos no menos horrorosos". Y, refiriéndose más abajo a las "instancias" del padre Núñez, explica "que después de repetidas instancias y pausa de ocho años, (hizo) con venia y licencia de V. R." versos (se trata de "dos villancicos a la Santísima Virgen"). Es decir, que entre 1681 y 1683, fechas dadas como probable por Paz, la poetisa habla de una "pausa de ocho años", lo que nos sitúa entre 1673 y 1675, años en que el arzobispo era P. Enríquez de Rivera, buen amigo suyo.

¿De qué estamos hablando entonces? De que los pretendidos "peros" puestos a Sor Juana en 1690 existen ya desde, por lo menos, 1674.

Ahora, ¿quién es realmente, según esta carta, el que se opone en esos años a que Sor Juana estudie? Obviamente su confesor, el padre Núñez, a quien está dirigida. Ni que hablar del Arzobispo Aguiar, que en 1674 "no tiene vela en el entierro". Pero aún es posible ir más atrás: si suponemos que los villancicos que la jerónimo menciona son los "atribuibles" de 1677, y les restamos ochos años, resulta que estamos hablando de 1669, año de la profesión de fe de Juana Inés. De resultar esto cierto, serían cuando menos 20 los años de "conflicto" en que el padre Núñez (no el arzobispo), desde el día de su profesión, ha estado intentando conseguir que la monja deje de hacer "negros versos".

B) Se trata fundamentalmente de las impugnaciones que, en apariencia, el padre ha hecho públicas desde 1683. Esto significa que buen número de personas está ya entonces al tanto de la diferencia de opiniones ("contradicción de dictamen", llámale la poetisa) existente entre ambos. Pero es de notar algo: se trata sólo de una diferencia de opiniones, por lo que Sor Juana no está siendo juzgada sino en la opinión de algunos: cosa muy distinta de un dictamen "oficial" o "dogmático". Es más, el padre Núñez le pide que le conteste: "con todo esto -escribe Sor Juana- nunca he querido asentir a las instancias que a que responda me ha hecho". No solamente no la silencia, sino que la "insta" a que responda.

Ahora bien, ¿cuáles son estos temas que años después reaparecerán en la Respuesta? Como ya dije, fundamentalmente dos: la vanidad y el estudio. En cuanto al primero Sor Juana explica en la carta de Monterrey que, no sólo no ha querido hacer versos, pero que ha sido obligada, y que si a su habilidad se "juntara motivo de vanidad" estaría ya castigada por las "malas intenciones" de que es objeto. Pero si está ya castigada ¿dónde reside el "tan grave delito de hacerlos"? No, ella no ha buscado ni aplausos ni honras. En relación con el segundo, arguye que su opinión no es la de que las mujeres hagan estudios públicos, acción, según ella misma, no "decente a la honestidad de una mujer, por la ocasionada familiaridad con los hombres", sino la de que no está prohibido hacer estudios "privados", pues no son en "perjuicio de nadie".

Estos dos son, luego, los puntos medulares de un conflicto de opiniones entre la poetisa y su confesor; conflicto que durará mucho años (1669-90). Como vemos, los asuntos se repetirán después en la Respuesta, lo que quiere decir que la Carta Atenagórica no tiene otra relación con la conversión de Sor Juana que la siguiente: el obispo de Puebla editó el texto sin conocimiento de su autora y prologado por la Carta de Sor Filotea de la Cruz (la cual prueba que no pudo ser la Carta Atenagórica una conspiración tramada por ambos en el locutorio de San Jerónimo, pues en ella el obispo dícele: "sin que se haya entibiado este amor --el que él le tiene-- con la distancia ni el tiempo", o sea que en 1690 hacía ya tiempo que no se encontraban), en ella el obispo, bajo este singular seudónimo, urge a la monja no a que deje sus estudios, como se ha pretendido, sino a "que se mejoren los libros". Y le aclara: "No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio el de Jesucristo".

"Injusto reproche" ha dicho con razón A. Méndez Plancarte, pero a fin de cuentas algo importa, y es el hecho de que el obispo, "vestido" de hermana para que la madre Juana no "sienta" la fuerza de precepto, recomiéndale más altas miras: "Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad". Si nos fijamos, veremos que el buen amigo de Sor Juana, su "hermana" Sor Filotea, ha decidido terciar en una discusión "pública" que tiene ya años: ¿deben las mujeres escribir, estudiar? Y su opinión es que "no apruebo la vulgaridad de los que reprueban en la mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio", con lo que daba la razón a Sor Juana, pero, a la vez, "no es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya... a las provechosas", con lo que apoyaba también al padre Núñez.

Ahora, bien vistas estas cosas, nos llevarán a concluir que Sor Juana, siguiendo claro el consejo de su "hermana", pero viendo asimismo el terrible tiempo que sobre su ciudad se cernía, debió haber meditado hondamente y, tras escuchar la voz del Qohelet y reconocer como fiel Sposa Christi, llamar humildemente al padre Núñez, decidiéndose así a entregar su riqueza, ¡sus amados libros e instrumentos!, a los pobres: Y es esta, en realidad, la "hora más bella" de su fe. Por otra parte y dado que el Arzobispo Aguiar no tocó jamás el tema (no hay ningún documento en que se refiera a los poemas o estudios de Sor Juana), será preciso imitarlo y callar.

El artículo fue publicado originalmente en El Financiero el Miércoles 25 de septiembre de 1991, página 45. Es reproducido con permiso del autor.