José Francisco de Isla. Fray Gerundio de Campazas. In Obras escogidas . Biblioteca de Autores Españoles, no. 15. (Madrid: Imprenta de la Publicidad, á cargo de D. M. Rivadeneyra, 1850): 136b-138b.

11. ¿Pues por qué se empeñó vuestra paternidad, le preguntó Fray Gerundio, en que á mí me hiciesen predicador, siendo así que apénas he hecho mas que cumplir los veinte y cinco? Extraño mucho que me hagas esa pregunta, respondió el Padre Maestro no sin algun enfadillo. ¿Tan presto te has olvidado de lo que tú mismo me importunaste para que hiciese este empeño? Fuera de que, viéndote encaprichado en no seguir los estudios y que echabas los bofes por aplicarte á esta otra carrera, quise ver si podias servir de algo en la re- [End of 136a.] ligion, especialmente que los predicadores sabatinos apénas son mas que aprendices de predicadores; porque solamente se les encargan algunos sermoncillos domésticos, de poco ó ningun concurso, para que se vayan ensayando; y me pareció que en este tiempo podría suplir el arte lo que faltaba al estudio y á la edad.

12. ¿Con qué el arte ya puede suplir eso? replicó Fray Gerundio. Enteramente, no lo puede suplir, respondió el Padre Maestro, pero de alguna manera, sí. Por Dios, dígame vuestra paternidad, ¿cómo podrá suplirlo? Leyendo con cuidado buenos originales, respondió el maestro Prudencio, esto es, los sermonarios de los mejores predicadores que han florecido en España, y procurando imitarlos, así en la sustancia como en el modo. ¿Pero cuáles tiene vuestra paternidad por los mejores sermonarios? preguntó Fray Gerundio. Toda comparacion es odiosa, respondió el Padre Maestro; y así, no metiéndome por ahora en calificaciones respectivas, te digo que los sermones de Santo Tomas de Villanueva, en la naturalidad, en la suavidad y en la eficacia, son un hechizo del entendimiento y del corazon. Los de Fray Luis de Granada, á quien llamaron con razon el Demóstenes español, en el nervio, en la solidez, y en aquella especie de elocuencia vigorosa que, á guisa de un torrente impetuoso, todo lo arrastra tras de sí, acaso tendrán pocos semejantes. La novedad de los asuntos, la ingeniosidad de las pruebas, la delicadeza de los pensamientos, la oportunidad de los lugares, la viveza de la expresion, la rapidez de la elocuencia, que reinan en los mas de los sermones del Padre Antonio Vieyra, quizá le merecieron el epíteto que le dan muchos, de monstruo de los ingenios y príncipe de nuestros oradores.

13. En verdad, replicó Fray Gerundio, que entre esos muchos no tiene vuestra paternidad que contar al autor del Verdadero método de estudiar, el cual dice «que en sus sermones no se hallará artificio alguno retórico ni una elocuencia que persuada... Que por haberse dejado arrebatar del estilo de su tiempo, tal vez fué aquel que con su ejemplo dió materia á tantas sutilezas, que son las que destruyen la elocuencia... Que sus sermones están llenos de galanterías que divierten; pero que no persuaden... Que los que le aplican aquellos grandes epítetos de maestro del púlpito, príncipe de los oradores, maestro universal de todos los declamadores evangélicos, águila evangélica, ó no lo entienden ó hablan apasionados... Finalmente, que era un hombre estimado en Portugal, pero no en Roma, como se lo oyó el autor á muchos jesuitas que tenian de él perfecta noticia».

14. Tambien yo la tengo, respondió el maestro Prudencio, de eso y de todo lo demas que dice el Barbadiño, autor de esa obra que me citas, contra este insigne hombre. Debiera este quejarse si le tratara á él de otra manera que trata á casi todos los hombres grandes que florecieron en todas las facultades, siendo su empeño conocido dar á entender que todo el mundo tenia los ojos cerrados hasta que él vino á abrírselos por caridad, haciéndole ver que eran unos pobres idiotas los que él calificaba por maestros. Nada se le dará al Padre Antonio Vieyra, ántes le estará muy agradecido, de que en materia de elocuencia cristiana le lleve á él por el mismo rasero por donde llevó, en materia de teología, á Santo Tomas, San Buenaventura, Suarez, Vazquez y á [End of 136b.] todos los escolásticos: en materia de filosofía á todos cuantos no la escribieron á la derniere, et sic de reliquis. No obstante, si su crítica no fuera tan universal, tan despótica y tan indigesta; si se hubiera contentado con decir que el Padre Vieyra, «especialmente en algunos de sus sermones panegíricos,» se dejó llevar con algun exceso, y aunque dijese con mucho, de aquella especie de entusiasmo que arrebataba á su fogosa imaginacion, y que rompia en las primeras ideas que le ocurrian á ella, las cuales eran por lo comun sutilísimas, agudísimas, pero ménos sólidas, adelante: yo por lo ménos no me opondria á eso; porque estoy persuadido á que muchos de sus sermones, singularmente de los panegíricos, adolecen de este achaque. Por eso pudiste notar que yo no te le propuse por modelo «en todos», aun en aquellas determinadas cosas de que le alabé, sino «en los mas». Pero pronunciar en cerro, y como dicen, á red barredera, «que en sus sermones no se hallará artificio alguno retórico ni una elocuencia que persuada,» no fué tirar la barra de la crítica hasta mas allá de lo justo; fué propiamente tirar á desbarrar.

15. En cuanto al artificio retórico, ni uno solo se señalará de sus sermones que no esté dispuesto con el mas perfecto, con el mas vivo, con el mas natural, y al mismo tiempo con el mas disimulado: si es que efectivamente hay otro artificio retórico que un entendimiento bien lleno de su asunto, una imaginacion fecunda, viva, espiritosa y animada, con una fecundia natural, pronta, abundante y expresiva. El que estuviere dotado de estas prendas, como lo estaba el Padre Vieyra en superlativo grado, hará, sin pretenderlo y aun sin advertirlo, unas composiciones tan retóricas que el mismo Tulio las admiraria, y colarán naturalísimamente de su boca y de su pluma, no solo aquellos tropos y figuras que hizo advertir la observacion, sino otras muchas que no se habian observado y que quizá son mas enérjicas que las ya sabidas. Quien no descubriere este artificio en cualquiera de los sermones del Padre Vieyra, no entre á leer los libros sin lazarillo.

16. Por lo que toca á la elocuencia que persuada (que es la única que merece el nombre de elocuencia castiza y de ley), quisiera yo me señalase con el dedo el Barbadiño otra mas activa, mas vigorosa, mas triunfante que la del Padre Antonio Vieyra, singularmente en todos los sermones puramente morales, y tambien en muchos panegíricos. Lea con reflexion los capitales asuntos que trata en los sermones de adviento y de cuaresma, donde desmenuza los Novísimos y promueve las verdades mas terribles de la religion; y dígame, ¿qué orador antiguo ni moderno trató jamas estos puntos con mayor viveza, con mayor solidez, con mayor valentía ni con mas triunfante eficacia? Es un Ródano, es un Danubio, es un Tekesel, que quiere decir espantoso, rio de la Etiopia llamado así por su asombrosa rapidez: todo lo lleva tras sí, todo lo arrastra, todo lo arrebata. No hay entendimiento que no se rinda á la convincente solidez de sus razones, y apénas hay corazon que resista al rápido vigoroso impulso con que le combate: tanto, que oí decir á un célebre misionero jesuita, que si se formase un cuerpo de mision de los sermones del Padre Vieyra, entresacando los que corresponden á los asuntos que se suelen predicar en esta sagrada materia, con dificultad habria otros que conquis- [End of 137a.] tasen mas almas, especialmente en auditorios cultivados y capaces. Y con efecto, consta de la vida de este hombre prodigioso, que no hizo ménos fruto en los corazones con sus sermones morales, que causó admiracion en los entendimientos, así en España como en Italia, con la mayor parte de los panegíricos.

17. En Italia, vuelvo á decir, por mas que el cetrino Barbadiño nos quiera persuadir que oyó a muchos jesuitas italianos, «que el Padre Antonio Vieyra era un hombre estimado en Portugal, pero no en Roma;» ¿á qué jesuitas pudo oir semejante despropósito, sino que fuese á los cocineros de las muchas casas que tiene la Compañía en aquella corte? Estoy por decir que aun estos no ignoran el gran ruido que hizo en ella, cuando fué llamado de su general por haberle significado el papa Alejandro VII, muchos cardenales y la famosa reina Cristina de Suecia, la gana que tenian de oirle, por lo mucho que habia publicado de él la fama en toda Europa. No ignoran que, despues de haber predicado varias veces en presencia del Sacro Colegio, convinieron todos en que era aun mucho mayor que su fama. No ignoran que, habiendo predicado, digámoslo así, á competencia con el mayor orador que tuvo la Italia en aquel siglo, el reverendísimo Padre Juan Paulo Oliva, predicador apostólico de tres sumos pontífices y general de toda la Compañía; no obstante el elevado mérito de este hombre, verdaderamente grande; no obstante el estar reputado, y con razon, por el evangélico Demóstenes de Italia; no obstante la pasion natural con que necesariamente le habian de mirar todos los patricios; no obstante el peso que habia de hacer en la balanza, ó el respeto, ó la dependencia, ó la adulación, ó todo junto, viéndole cabeza suprema de toda su religion, y con una autoridad casi despótica en la corte de Roma, por la grande estimacion que hicieron de él los tres sumos pontífices que le alcanzaron: no ignoran, vuelvo á decir, los jesuitas, que, no obstante todo esto, en los dos sermones que en la fiesta de San Estanislao de Koska predicaron el general y el súbdito, el italiano y el portugues, los extraños y los domésticos dieron al de este la preferencia.

18. No ignoran que el mismo General, en una carta que le escribió despues desde Roma á Lisboa, le llama «intérprete verdadero de la Escritura, singular órgano ó arcaduz del Espíritu Santo, modelo de oradores y padre de la elocuencia»; siendo así que los superiores de la Compañía, y especialmente el supremo de todos, en las cartas que escriben á sus súbditos, aunque no les escaseen las expresiones paternales, los dispensan con mucha circunspeccion y con grande economía los elogios. Estos que el reverendísimo Oiva dedicó al Padre Vieyra, no solo no los ignoran los jesuitas de Roma, pero pudiera y debiera no ignorarlos el mismo Barbadiño, pues se hallan estampados en uno de los dos tomos de cartas de dicho General que se dieron á la luz pública. Finalmente, no ignoran los jesuitas que el mismo papa Alejandro y la reina Cristina desearon con ansia que se quedase enaquella [sic] corte; el uno para oráculo de su capilla pontificia, y la otra para ornamento de su real discretísimo y doctísimo gabinete, donde concurrian los hombres mas sabios y mas eminentes de la Europa toda, que eran los que principalmente componian la corte de aquella extraordinaria princesa; por lo que dijo de ella con singular discrecion Samuel Bochart, haciendo el cotejo [End of 137b.] entre la reina de Sabbá, que fué á conocer y á consultar á Salomon, y la reina Cristina:

Illa docenda suis Salomonem invisit ab oris;
Undique ad hanc docti, quo doceantur eunt.

Que tradujo así un poeta castellano:

Aquella, por oir á un sabio,
Su corte y su patria deja;
Los sabios dejan las suyas
Solo por oir á esta.

Pero así el Papa como la Reina desistieron de su empeño por no mortificar al religiosísimo y celosísimo padre, que, habiéndose dedicado con voto al apostólico cultivo de los negros bozales del Brasil, y haciéndose intolerables los aplausos que le tributaba la Europa, suplicó rendidamente á la cabeza de la Iglesia y á aquella sabia princesa, le permitiesen restituirse adonde le llamaba sus espíritu y el de la divina vocacion.

19. Así lo hizo, sin que tampoco fuesen capaces de detenerle en Lisboa las instancias del rey de Portugal, que quiso fijarle en ella para tener el consuelo de oirle como maestro desde el púlpito y obedecerle como padre en el confesionario, fiándole la direccion de su real conciencia; mas el gran Vieyra, firme en su apostólica vocacion y superior á todas las fugaces honras con que le brindaba el mundo, enamorado de sus portentosos talentos, renovó en la corte del rey Don Pedro el ejemplo que ciento y treinta años ántes habia dado San Francisco Javier en la del rey Don Juan; pues supo representar con tanta eficacia á aquel monarca cuánto mas y cuánto menos le serviria en el Brasil que en Lisboa, que el Príncipe se dejó persuadir. Nada de esto ignoran los jesuitas italianos; ¿pues quiénes pudieron ser aquellos «muchos jesuitas romanos», á quienes oyó el Barbadiño que «el Padre Vieyra era hombre estimado en Portugal, pero no en Roma»? Harto será que cuando le pareció oir esto, no tuviese arromadizados los oídos, ó á lo ménos atronados con el sonido de la tuba magna, de cuyos estruendosos ecos da muestras de gustar mucho en varias partes del Método, pero con mas especialidad en su furiosa Respuesta á las reflexiones de Fray Arsenio de la Piedad.

20. Y de paso puedes notar la injusticia, y aun la temeridad, con que el Barbadiño atribuye esta que él llama falta de artificio retórico y de elocuencia que persuada, «al deseo que el Padre Antonio Vieyra muestra en casi todos sus sermones de agradar al público.» Un hombre que con tanta modestia y con tanto empeño huia los aplausos de la primera corte del mundo, y las honras con que esta y la de Portugal á competencia le bridaban, por ir á emplear sus raros talentos entre los zafios y tostados negros del Brasil, ¿qué caso haria de agradar al público en sus sermonres, sino que fuese de aquel racional agrado que debe pretender todo orador para que le oigan con gusto y abra el camino al provecho? Porque, al fin, aquel agrado y aquel aplauso que consiste en las obras mas que en las palabras, no es impropio, ántes es muy digno de cualquiera orador cristiano. San Crisóstomo, que ciertamente no solicitaba en sus sermones el aura popular del auditorio, no solo no hacia asco de este agrado, sino que le pretendia: Plausum illum desidero, quem non dicta, sed facta conficiant.

21. No obstante lo dicho, yo convengo de buena gana con el Señor arcediano de Evora (pues ya sabemos todos [End of 138a.] que lo es por la gracia de Dios y de la Santa Sede apostólica el llamdo Barbadiño), en que no «casi todos», sino muchos de los sermones panegíricos, y aun tal cual de los morales del Padre Vieyra, están llenos de pensamientos mas brillantes que sólidos, mas ingeniosos que verdaderos; como tambien de lugares de la Escritura y de exposiciones traidas ó aplicadas con mayor agudeza que solidez; y consiguientemente, que sus pruebas deslumbran, pero no persuaden; deleitan, mas no convencen. Tampoco me opondré del todo á lo que añade el Barbadiño, «de que tal vez fué aquel que con su ejemplo dió materia á tantas sutilezas, que son las que destruyen la elocuencia:» con tal que no quiera significar por estas palabras, como parece lo da á entender, que el Padre Vieyra fué el que introdujo en el mundo este mal ejemplo, siendo el primer inventor de estas sutilezas que no hacen merced á la Escritura y hacen añicos la elocuencia.

22. En este caso reñirémos; porque, siendo tan erudito el Señor Arcediano, como ciertamente lo es, no puede ignorar que cuando nació el Padre Vieyra ya estaba el mundo atestado de libros de conceptos predicables, así en portugues, como en castellano, en italiano, en latin, y aun habia algunos en frances, que tenian desterrada de los púlpitos la elocuencia verdadera y la genuina y literal explicación ó aplicacion de la Sagrada Escritura. Dejo aparte el reinado del sentido alegórico, que, aunque propio, es el mas arbitrario, y consiguientemente el mas expuesto á desbarrar si no se maneja con mucho pulso y con gran tiento, el cual se apoderó de todo el siglo XVI y mucha parte del XVII, en que nació el Padre Vieyra. Ya encontró este muy celebradas en los púlpitos las sutilezas de Mendoza, las metafísicas de Silveira, los arrojos de Guevara, los reparillos de Fray Felipe Diez; y tambien en Italia, y aun en Francia, habian hecho grandes estragos en la elocuencia sagrada las delicadezas de los Berninis, de los Maronis y de los Mercenieres.

23. Basten estos ejemplares para probar que no fué el Padre Vieyra el inventor de las sutilezas del púlpito, y para que no se le recargue con que tal vez fué aquel que con su mal ejemplo dió materia para que estas se introdujesen en perjuicio de la verdadera elocuencia. No por eso negaré que los sermones panegíricos con especialidad están demasiadamente cargados de ellas, y por eso no te los propongo absolutamente por modelo; pero los morales, con toda seguridad pueden servirte de ejemplar, aunque se encuentre en ellos tal cual agudeza ó pensamiento no tan sólido, pues morales y muy morales son todas las homilías de San Juan Crisóstomo, y no obstante encontrarse en ellas uno ú otro pensamiento que no parezca tan cimentado, no hay en la Iglesia de Dios modelo de elocuencia mas acabado ni mas perfecto.

24. Insensiblemente fuéron caminando cerca de una legua en esta conversacion el maestro Prudencio y nuestro Fray Gerundio, el cual daba muestras de oirla con atencion y con gusto: tanto, que rogó al Padre Maestro que tuviese la bondad de irle instruyendo poco á poco en aquellas materias, y aun le suplicó que le diese unas reglas breves, claras y comprensivas para componer todo género de sermones panegíricos, morales, y tambien las que se llaman oraciones fúnebres, á cuyas tres [End of 138b.] clases pueden reducirse todas las especies de sermones que se predican. [...]

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