Benito Jerónimo Feijóo. Teatro crítico universal, Tomo 2. Edición de Agustín Millares Carlo. Clásicos Castellanos, no. 53. (Madrid: Ediciones de "La Lectura", 1924): 228-232.

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Salgamos ya a dos facultades de más amplitud, la retórica y la poesía. De más amplitud digo, no sólo por la mayor extensión de sus objetos, mas también por el mayor número de ingenios que cultivan una y otra.

Retórica.--Cuando España no hubiera producido otro orador que un Quintiliano, bastaría para dar envidia y dejar fuera de toda competencia a las demás naciones, en que sólo exceptuaré a Italia, por el respeto de Cicerón; bien que no falta algún crítico insigne (el famoso brandemburgués Gaspar Bartio), el cual sienta que sin temeridad se puede dar la preferencia a Quntiliano respecto de todos los demás oradores, sin exceptuar alguno. En otra parte le apellida el más elegante entre cuantos autores escribieron jamás: Quntilianus omnium, qui unquam scripserunt, auctorum elegantissimus. Laurencio Valla se contentó con conceder al orador español igualdad con el romano. Pero sea lo que fuere del uso de la retórica, en los preceptos y magisterio del arte, es constante que excedió mucho Quintiliano a Cicerón, pues a lo que éste escribió para enseñar la retórica, le falta mucho para igualar las excelentísimas Institutiones de Quintiliano. Así que Cicerón fué orador insigne sólo para sí; Quintiliano, para sí y para todos. La elocuencia de Cicerón fué grande, pero infecunda, que se quedó dentro de un individuo; la de Quintiliano, sobre grande, es utilísima a la especie, en tanto grado que el citado Laurencio Vala pronuncia que no hubo después de Quintiliano, ni habrá jamás, hombre alguno elocuente si no se formase enteramente por los preceptos de Quintiliano.

No fué Quintiliano el único grande orador que dió España a Roma. Marco Anneo Séneca, padre de Séneca, el preceptor de Nerón, logra en la fama oratoria lugar inmediato a Quintiliano y a Cicerón. Este es el juicio del docto jesuíta Andrés Scoto. De modo que podemos decir que produjo dos Cicerones España en aquel tiempo en que Italia sólo produjo uno, y las demás naciones ninguno.

El genio de los españoles modernos para la elocuencia es el mismo que el de los antiguos. Debajo del mismo cielo vivimos, de la misma tierra nos alimentamos. Las ocasiones de ejercitar el genio son mucho más frecuentes ahora, por el uso continuo que tiene el sagrado ministerio del púlpito; pero no sé por qué hado fatal, cómo o cuándo se introdujo en España un modo de predicar en que, así como tiene mucho lugar la sutileza, apenas se deja alguno a la retórica. Veo, a la verdad, en muchos sermones varios rasgos que me representan en sus autores un numen brillante, vivo, eficaz, proporcionado a los mayores primores de la elocuencia, si el método que se ha introducido no los precisara a tener el numen ocioso. Nustras oraciones se llaman así, pero no lo son, porque no se observa en ellas la forma oratoria, sino la académica; donde la afectada distinción de propuestas y de pruebas deja el complexo lánguido y sin fuerza alguna; donde las divisiones que se hacen quiebran el ímpetu de la persuasión, de modo que da poco golpe en el espíritu. Aquel tenor corriente y uniforme de las oraciones antiguas, tanto sagradas como profanas, caminando sin interrupción, desde el principio al fin, al blanco propuesto, no sólo les conservaba, mas sucesivamente les iba aumentando el impulso. También había en ellas distribución metódica, había propuestas, había argumentos, había distinción de partes. ¿Cómo podía faltar lo que es esencial? Pero todo iba tejido con tan maravilloso artificio, que ocultándose la división, sólo resplandecía la unidad. Este modo que hoy reina de dar la oración desmenuzada en sus miembros, es presentar al auditorio un cadáver, en quien el orador hace la disección anatómica. La análisis de una oración sólo toca al crítico o censor que reflejamente quiera examinarla después. Anticiparla el orador es deshacer su misma obra, al mismo tiempo que la fabrica.

Hágome cargo de la dificultad que hay respecto de cualquier particular en oponerse al estilo común; empresa tan ardua, que yo, con conocer su importancia, no me he atrevido con ella; y así todo el tiempo que ejercí el púlpito me acomodé a la práctica corriente; pero esto no quita que otros espíritus más generosos y más hábiles se apliquen a restituír en España la idea y el gusto de verdadera elocuencia. En esto pueden entrar con menos miedo aquellos que ya tienen bien establecidos sus créditos en el modo de predicar ordinario. Ni debe detenerlos el estilo general de la nación cuando a favor suyo y contra él está la práctica, no sólo de los profanos oradores, mas también de los Santos Padres.

Hágome también cargo de que orar según el estilo antiguo, de modo que la oración tenga todos los primores de eficaz, elegante, metódica, erudita, es para pocos y que las más no podían pasar de un razonamiento insulso y desmayado; pero aquellos pocos harán un fruto; y a los demás, por mí, déjeseles libertad para seguir el ripio de sus puntos y contrapuntos, sus piques y repiques, sus preguntas y respuestas, sus reparos y soluciones, sus mases y porqués, sus vueltas y revueltas sobre los textos, y lo que es más intolerable que todo lo demás, las alabanzas de sus proprios discursos.

No negaré por eso que el modo de predicar de España, en la forma que le practicaron y practican algunos sujetos de singular ingenio, tenga mucho de admirable. ¿Qué sermón del padre Vieyra no es un asombro?([1]) Hombre verdaderamente sin semejante, de quien me atreveré a decir lo que Veleyo Patérculo de Homero: Neque ante illum quem imitaretur neque post illum qui eum imitari posset, inventus est.([2]) Dicho se entienda esto sin perjuicio del grande honor que merezcan otros infinitos oradores españoles por su discreción, por su agudeza, por su erudición sagrada y profana. A todos envidio ingenio y doctrina; pero me duele que en la aplicación de uno y otra prevalezca la costumbre contra las máximas de la verdadera oratoria. Sé que algunos se imaginan que no serían gratamente oídos, y puede ser que a los principios sucediese así; pero a poco tiempo se formaría el gusto de los oyentes, de modo que hallasen en la hermosura brillante y natural de la legítima retórica, superior deleite al que ahora sienten en este agregado de discursos en que consisten nuestros sermones.


NOTAS

1. (1608-1697). La colección de sus Sermones se imprimió en Lisboa en 12 vols. 1679-96.

2. 'Entre los que le precedieron no hubo ninguno merecedor de que él le imitase ni entre los que le siguieron, ninguno que pudiese imitarle.'

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