Ermilo Abreu Gómez. Sor Juana Inés de la Cruz. (México: Ediciones Botas, 1940): 87-88.

[...] Sor Juana revela las características de un talento superior: disciplina y conciencia en el manejo del pensamiento. No se aturdió nunca. Supo reprimir todo avance o desvío. Pero por más estrecha que fuera su vigilancia, cualquier impulso crítico tenía que ser bastante para crearle conflictos con la autoridad eclesiástica. Siempre estuvo amenazada. La literatura y el pensamiento de Erasmo, de Copérnico o de Descartes crearon su duda. A Erasmo lo cita de modo concreto. Tuvo noticias de las teorías de Copérnico a través de sus relaciones con hombrs de ciencia como Sigüenza, Kino y Kirkeiro. El sentido de las experiencias que relata en su Respuesta muestra el alcance que tuvo de dichas teorías. Las clasificaciones que intenta están dentro de las normas de la ciencia de entonces que se debatía por huir de la tutela escolástica. El método de la investigación lo adquiere en Descartes. En Primero Sueño se advierten trazos de la descripción de los sentidos corporales contenidos en las Reflexiones y en el Discurso del Método. No se indica con esto que Sor Juana fuera cartesiana ni que conociera la filosofía del Renacimiento. Sólo se sugiere el origen y en cierto modo [End of p. 87.] el orden de sus noticias. Descartes pudo llegar a ella por medio de Sigüenza y Góngora que lo estudió; de Kirkeiro que le comentó en su Ars Magna y del Padre Eusebio Kino que le citó. Por otra parte el afán de método la llevó a ordenar su disciplina y su discurso. Advierte que la Naturaleza camina siempre de lo imperfecto a lo perfecto y que es la segunda causa después de Dios.

Las influencias religiosas que recibe se desprenden de los elementos eclesiásticos vigentes en su medio. La vida monástica de su época influye en su conducta más que en su espíritu. La presencia de doctos como Díaz de Arce, de ascetas como Núñez de Miranda, de fanáticos como Aguiar y Seijas, informan su impulso fervoroso: fervoroso no religioso. Lo religioso llegó a ella, gracias a los Santos Padres. Sigue o frecuenta a los autores eclesiásticos del siglo IV --siglo áureo de la literatura cristiana--; a San Ambrosio, de quien cita el tratado de Virginibus; a Eusebio Cesariense, a San Jerónimo y a San Agustín. Pero no fueron las doctrinas de esencia católica, sino las de sentido didáctico las que más rigieron su inclinación. Así es como llegó a la crítica introspectiva de San Agustín y de Santa Teresa --de esencia platónica-- y a la lección pedagógica de San Jerónimo. Antes le había dado Orígenes el conocimiento de una gnosis cristiana que pretendía ir de la fe a la razón. La erudición teológica no es extraña que la recibiera también de aquel Padre Pedro de Avendaño que por su elocuencia era llamado el Vieyra mexicano.

La obra de Sor Juana también puede ser considerada, atendiendo a los géneros literarios que empleó.

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