Ermilo Abreu Gómez, ed. Sor Juana. Carta Atenagórica, Respuesta a Sor Filotea. Clásicos Mexicanos. (México: Ediciones Botas, 1934): 47-48.

Sor Filotea de la Cruz, desde el Convento de la Santísima Trinidad de Puebla, el 25 de noviembre de 1690, escribió a Sor Juana la siguiente carta:

"Señora mía: He visto la carta de v.md. en que impugna las finezas que de Cristo discurrió el R. P. Antonio Vieira en el Sermón del Mandato, con tanta sutileza, que a los más eruditos ha parecido que, como otra águila de Ezequiel, se había remontado este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó antes el Ilmo. César Meneses, ingenio de los primeros de Portugal; pero, a mi juicio, quien leyere su apología de v.md. no podrá negar que cortó la pluma más delgada que ambos y que pudieran gloriosos de verse impugnados de una mujer que es honra de su sexo. Yo, a lo menos, he admirado la viveza de los conceptos, la discreción de las pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compnañera inseparable de la sabiduría, que por eso la primera voz que pronunció la Divina fué luz, porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba altísmos misterios entre los velos de las Parábolas, no se tuvo por admirable en el mundo; sólo cuando habló claro mereció la aclamación de saberlo todo. Este es uno de los muchos beneficios que debe v.md. a Dios; porque la claridad no se adquiere con el trabajo e industria: es don que se infunde con el alma. Para que v.md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso, y para que reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma y le sea, como más entendida más agradecida --que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo parto--. Y si como v. md. dice en su Carta, quien más ha recibido de Dios está más obligado a la correspondencia, temo se halle v.md. alcanzada en la cuenta; pues pocas criaturas deben a su Majestad mayores talentos en lo natural, con que ejectua al agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien --que así lo debo creer, de quien profesa tal religión-- en adelante sea mejor. No es mi juicio tan austero censor que esté mal con sus versos, en que v.md. se ha visto tan celebrada después de Santa Teresa, el Nacianzeno y otros santos que canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que los imitara, así como en el metro, también en la elección de los asuntos. No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanzas de S. Jerónimo. Es verad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación en nuestro sexo, siempre propenso a la vanidad. A Sarai le quitó una letra la Sabiduría Divina y puso una más al nombre de Abraham, no porque el varón ha de tener más letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la i añadida al nombre de Sara explicaba temor y denominación. Señora mía, se interpreta Sarai. Y no convenía que fuera en la casa de Abraham, señora, la que tenía empleo de súbdita; letras que engendran elación no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a todos que el estudio y saber han contenido a v.md. en el estado de súbdita y que la han servido de perfeccionar primores de obediente; pues si las demás religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, v.md. cautiva el entendimiento, que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la Religión. No pretendo, según este dictamen, que v.md. mude el genio renunciando los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez en el de Jesucristo. Ninguno de los Evangelistas llamó libro a la Genealogía de Cristo, sino es San Mateo, porque en su conversación no quiso este señor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para así antes, cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos e intereses, cuando Apóstol mejorase el genio mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado v.md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perficionen los empleos y que se mejoren los libros. ¿Qué pueblo hubo más erudito que el egipcio? En él em- [End of p. 47.] pezaron las primeras letras del mundo y se admiraron los jeroglíficos. Por grande ponderación de la sabiduría de José le llama la Santa Escritura, consumado en la erudición de los egipcios; y con todo eso el Espíritu Santo dice, abiertamente, que el pueblo de los egipcios es bárbaro, porque toda su sabiduría, cuando más, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos, pero no servía para enfrenar los desórdenes de las pasiones; toda su ciencia tenía por empleo perficionar al hombre en la vida política; pero no ilustraba para conseguir la eterna. Y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe, la califica por necedad. Así lo sintió Justo Lipsio, pasmo de la erudición (estando vecino a la muerte y a la cuenta, cuando el entendimiento está ilustrado), que consolándole sus amigos, con los muchos libros que había escrito de erudición, dijo, señalando a un Santo Cristo: Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad. No repruebo por esto la lección de estos autores; pero digo a v.md. lo que aconsejaba Gerson: préstese v.md., no se venda, ni se deje robar de estos estudios. Esclavas son las letras humanas, y suelen aprovechar a las divinas; pero deben reprobarse cuando roban la posesión del entendimiento humano a la Sabiduría Divina, haciéndose señoras las que se destinaron a la servidumbre: comendables son cuando el motivo de la curiosidad que es vicio se pasa a la estudiosidad que es virtud. A San Jerónimo le azotaron los ángeles porque leía en Cicerón, arrastrado y casi no libre; prefiriendo el deleite de su elocuencia a la solidez de la Sagrada Escritura; pero loablemente se aprovechó este Santo Doctor de sus noticias y de la erudición profana que adquirió en semejantes autores. No es poco el tiempo que ha empleado v.md. en estas ciencias curiosas; pase ya, como el gran Boecio a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural, la utilidad de una filosofía moral. Lástima es que un tan grande entendimiento de tal manera se abata a las rateras noticias de la tierra; que no desee penetrar lo que pasa en el cielo; y ya que se humille al suelo, que no baje más abajo, considerando lo que pasa en el infierno; y si gustare algunas de inteligencia dulces y tiernas, aplique su entendimiento al Monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor e ingratitudes del redimido, hallara gran campo para ponderar excesos de un amor infinito y para formar apologías, no sin lágrimas, contra la ingratitud que llega a lo sumo. ¡Oh que últimamente se engolfara ese rico galeón de su ingenio en la alta mar de las perfecciones divinas! No dudo que le sucedería a v.md. lo que a Apeles, que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel por el lienzo, tantas heridas hacía en su corazón la saeta del amor, quedando al mismo tiempo perficionado el retrato y herido mortalmente de amor del original el corazón del pintor. Estoy muy cierta y segura que si v.md., con los discursos vivos de su entendimiento, formase y pintase una idea de las perfecciones divinas (cual se permite entre tinieblas la fe), al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma y abrasada su voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este Señor que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre v.md., no se vea obligado a concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural, que por más que la discreción de v.md. los llame finezas, yo los tengo por castigos, porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón humano, previniéndole con su gracia para que le corresponda agradecido disponiéndole con un beneficio reconocido; para que no represada la liberalidad divina se los haga mayores. Esto desea a v.md. quien desde que la besó, mucho años ha, la mano, vive enamorado de su alma, sin que se haya entibiado este amor, por la distancia, ni el tiempo, porque el amor espiritual no padece achaques de mudanzas ni le reconoce el que es puro, sino es hacia el crecimiento. Su Majestad oiga mis súplicas y haga a v.md. muy santa y me la guarde en toda prosperidad. De este Convento de la Sta. Trinidad de la Puebla de los Angeles y noviembre 25 de 1690.

B.L.M. de v.md. su afecta servidora:

Filotea de la Cruz.

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