Summa Summarum

por

Ludwig Pfandl

EL ENIGMA RESUELTO*

Una loable costumbre cultivada con gusto por los autores de libros, requiere que al final de una larga, intrincada y polifacética investigación se le ofrezcan al lector en un apretado y manejable haz los más importantes hallazgos y los mejores resultados obtenidos. Nosotros no hemos tenido tampoco la intención de sustraernos a esta meritoria práctica y así, antes de decir adiós, nos apresuramos a trazar en unos cuantos apretados parágrafos y fórmulas la suma total de lo que nos afanamos por alcanzar con tan altas miras como con modestas fuerzas.

Cuando hicimos deslizar rápidamente ante nosotros el curso exterior de la vida de Juana, como en una película, vimos pues que el camino recorrido por ella se apartó dos veces con enérgico viraje del derrotero trazado. El inesperado giro se llamó la primera vez huída del mundo, y la meta fue la retirada vida del convento; la segunda vez, huída de sí misma y ante la vida, y la meta fue ahora la muerte y una mejor vida futura. Tal pareció mostrar con toda concisión y con toda aparente tersura el término externo de esta intrínseca, impetuosa y agitada existencia. Pero como residuo en suspenso quedó un ovillo de preguntas, sobre el cual esta monótona, queda y sin embargo profundísima vida de religiosa rehusó rotundamente las respuestas. El porqué de la fuga del mundo y el de su fuga vital, así como los motivos de los dos decisivos rumbos de esta humana carrera fueron y siguen siendo los más oscuros de los enigmas. Pero había además los dos problemas menos importantes, mas no menos enigmáticos: el del talento evidente, que sólo resulta comprensible con la ayuda de la idea de genio, y el de la vida amorosa de la monja y décima musa mexicana, impenetrable a toda interpretación y radioscopia intelectual, que ocultó tupidamente tras sus velos, como una segunda efigie de Sais, señoreaba todavía después de cerca de 250 años, como un misterio inexplorado. Entre tanto hemos conseguido, así lo suponemos, descubrir uno tras otro los muchos secretos. No sólo hemos echado una ojeada tras los tranquilos muros del convento de San Jerónimo, sino que también hemos mirado al través de las ceñudas murallas de la propia fortaleza del alma de Juana, y nos hemos asomado a las cerradas cámaras y reservado rincones de su castillo interior, si es que se nos permite adoptar esta imgen [sic] y alegoría del modo de expresarse de Santa Teresa. Aquí está, resumido en dos palabras, lo que nosotros entrevimos. .

Juana Inés es el tipo clásico de una psiconeurótica. Ninguna persona que nos haya seguido hasta aquí con atención podrá negar este hecho. Pero asimismo nadie tendrá razón para deducir de este juicio una despreciable valoración de la personalidad de Juana. En este conocimiento justamente, y sólo en él, se encuentra la clave para la interpretación de su vida, de su espíritu, de sus escritos. Por causa de la reprimida curiosidad infantil, se origina primeramente su anormal afán de saber y su obsesionante cavilar, de los cuales intentará deshacerse por medio de la sublimación, a veces fracasando y otras teniendo éxito; en segundo lugar, su querer-ser-hombre. Lo irrealizable al término de este desenvolvimiento, de esta intermitente y femenina situación-Edipo, da lugar a una conmovedora paternoidentificación y a la retornante y definitiva fijación sobre el complejo de masculinidad. Este mismo impedirá en la pubertad la consumación de la normal elección de objeto y determinará inevitablemente el narcisismo secundario. La identificación con el padre y el deseo, después, de continuar siendo niño, subsisten por y a través de todo este desarrollo.

Según parece, el fenómeno del misterioso talento de nuestra monja se aclara por consiguiente por su neurótica obsesión meditante. Con un talento ingénito, de una valoración bastante por encima del término medio, en ella se suman ciertos mecanismos psiconeuróticos instintivos que revelan en esta dualidad de los estímulos aquella actitud intelectual para el thaumazein, aquel insaciable sutilizar y aquella voluntad de saber, pero mucho más en extensión que en profundidad, que se ha creído necesario deber mostrar como genialidad. Por medio del oscuro laberinto de su vida amorosa, nos conduce en seguida al indestructible y luminoso hilo de su manera narcisista de pensar. Juana Inés (encerrada en la infantil situación-Edipo) jamás ha amado a ningún hombre, sino sólo a sí misma. El secreto de su fuga del mundo se nos revela como una huída de la naturaleza y carácter femeninos; el tranquilo recogimiento en el claustro debe encubrir y neutralizar lo que en el mundo solamente daría ocasión a dolorosos desvaríos y enredos. Sobre la oscuridad del quebranto desciende finalmente una clara luz por medio de la comprobación de la fuerza del climaterio, que con el impulso traumático de una sola experiencia, a saber el jubileo de profesa, llevó a Juana Inés a la repercusión psíquica que hace desatar todas las ligaduras neuróticas. De este modo quedan resueltos los enigmas (así nos lo parece) hasta el punto cuando menos en que puede hacerlo la humana comprensión.


¿PECADORA O SANTA?

Juana Inés fue una personalidad trágica en el sentido más hondo de la palabra. Su tragedia consistió en que no quiso ser mujer aunque había nacido mujer. Luchó con heroico esfuerzo contra esta alternativa que llevaba a cuestas, rindiéndose con frecuencia a la desesperación, pero sin perder jamás el ánimo ni la confianza en Dios. Su lucha duró mientras los impulsos inconscientes que excitaban y atizaban la disyuntiva psíquica sostuvieron su fuerza vital. Con la extinción natural de estos últimos se resolvió asimismo el conflicto y el combate tocó a su fin. Además, ¿quién se atrevería a hacerle el más ligero reproche a Juana porque ella no adivinó la razón de estos efectos, causas y relaciones? ¿Quién dejaría por eso de admirar y envidiar el que haya encontrado, a pesar de todo, sobre la base religiosa, la redención de su drama vital y el desenlace definitivo del enigma de su vida? Sin duda ella no fue por tal motivo una pecadora arrepentida ni tampoco una santa. Para lo uno ella misma se resistió al fin y al cabo, y este fue por cierto el mayor error de su vida; lo otro se lo ha atribuído en nuestros días un grupito de entusiastas partidarios, y ello constituye en verdad el máximo error en que pudo incurrir la posteridad respecto de la personalidad de Juana. Pero no se pueden dejar pasar por alto estas cosas cuando uno oye que se pretende solicitar para ella a Roma el honor del altar.1 Contra esto ciertamente no se puede tampoco hacer nada, salvo manifestar el deseo y la esperanza de que la Iglesia, ante un patriotismo de esta naturaleza (tan bien intencionado como deficientemente orientado), se libre de un desatino semejante.

LOS ESCRITOS DE JUANA INES Y NOSOTROS

No menos importante que como ser humano, que como trágica personalidad y doliente semejante nuestro es, pues, para nosotros Juana Inés como pensadora y poetisa. De aquí, empero, que se haga evidente ahora mismo la necesidad de una definitiva respuesta a la pregunta sobre cuáles escritos de Juana poseen todavía hoy vitalidad y mérito permanente, y cuáles al presente merecen aún ser leídos y meditados.

Menéndez y Pelayo fue el primero que sugirió una tal separación de trigo y paja. Según él, acaso con dos docenas de las poesías líricas, alguno que otro auto sacramental, la comedia Los empeños de una casa y la correspondiente autobiografía epistolar abreviada, hay más que suficiente para seleccionar una interesante antología de los tres tomos de las obras completas de la "Décima Musa". Uno se queda sorprendido de dos maneras ante esta valoración: la primera por la vaga indecisión con que se deja al buen criterio, gusto y parecer personales del futuro editor la selección lírica, y la segunda por el hecho de que dos de las principales creaciones de Juana, la Crisis sobre un sermón y el Primero sueño, no han encontrado un lugar en este proyecto estéticocrítico. También en época más reciente, una mujer y poetisa 2 ha intentado asimismo llevar a cabo la angosta delimitación de lo que todavía hoy nos gusta de los escritos de Juana, y uno podía esperar a causa de su misma doble cualidad de mujer y poetisa un juicio experto, delicado y penetrante. Pero uno desconfía de estos ojos femeninos cuando lee cosas como las que se expresan en los siguientes términos: "Sus poesías tienen solamente hoy para nosotros poca importancia" (p. 127). "La Crisis sobre un sermón pertenece a los escritos críticos, referente sólo a asuntos religiosos, los cuales se presentan atiborrados de citas latinas y son todavía hoy apenas legibles" (p. 130). "Unicamente la carta del obispo de Puebla y la respuesta de Juana nos dan la mejor idea de su personalidad, la cual puede perdurar más allá de toda boga y arraigo temporales: una mujer que sufrió y murió por esta personalidad, y que por su ardiente sed de cabal saber no pudo apaciguar ni satisfacer la profunda intranquilidad de su existencia" (p. 130). En otras palabras: sólo la autobiografía de Juana tiene aún hoy para nosotros el valor de ser un interesante documento justificador de su personalidad, todo lo demás resulta por una parte de menos importancia, y por otra apenas legible todavía.

Nosotros tenemos un parecer distinto y esto nos impone el deber de fundamentar nuestro juicio con cierta prolijidad.

Las poesías de Juana no son hermosas, esto puede ser admitido sin más ni más por aquel que se acerque desprevenido a ellas, ni en sí mismas resultan dignas de leerse, salvo únicamente para un reducido número de lectores muy bien informados, tal vez un dos o tres por ciento. Estas poesías suenan extrañas, sin relación para el lector actual, y promueven frecuentemente en él el sentimiento de hastío, máxime que su principal encanto no consiste por entero en la forma estilística. Pero la impresión y las relaciones se cambian tan pronto como se echan de ver los indisolubles vínculos y referencias que existen entre los términos de estos versos y el íntimo pasado afectivo de la poetisa. Lo mismo vale decir para los escritos en prosa. Las obras de Juana únicamente por eso son comprensibles y tolerables como creaciones del insconsciente, y sólo si se conoce la base y sal de la tierra de donde fluyen aquellas fuentes, podrá uno ser capaz de gustar su dulce aspereza, que viene a ser semejante a la fragancia de un vino raro. Ahora bien, como los poetas no suelen siempre agotar por completo la sublime propiedad y provisión, sino que también juguetean de paso alguna que otra vez con la pluma, libres de todo cuidado o preocupación, o bien experimentan la necesidad de asentar por cualquier motivo unos versos muy hábilmente ideados y meditados, y como los tales poetas, dicho sea con otras palabras, se entregan a esta actividad libremente, actividad a la que Federico Hebbel llama quehacer aun cuando ennoblecido, 3 entiéndase por tal sin esfuerzo, no es extraño que también en Juana Inés no todo lo que se escapaba de su ardiente tinterillo debía forzosamente su origen y existencia a una descarga de la crisis íntima. Con esta explicación sus obras se dividen ciertamente por sí mismas, sin coacción y sin necesidad de disputar por palabras, en dos secciones nítidamente separadas. Juana está aún viva para nosotros, no porque sea ejemplo de la obligada métrica retórica, ni tampoco porque se encuentre en cierto estado de obligación respecto de las belles lettres, sino tan sólo porque ha ejercido y profesado la poesía como una arcaica herencia, porque ha salido triunfante, mediante sus obras, en su lucha apasionada y alternativa contra el imperio del inconsciente. Por tanto, de acuerdo con este punto de vista, se contesta sin mucha dificultad la pregunta decisiva: "¿Qué es lo que pertenece en las obras de Juana a la eterna existencia de la poesía y prosa hispanas, y qué es lo que queda mejor abandonado como perecedero ornato pasado de moda?

Nosotros denominaremos ahora a este primer grupo (incluyendo tácitamente en él la correspondiente prosa) poesía, y al segundo versificación, para tener así un par de breves palabras significativas de fácil retención en la memoria, y de antemano hacemos tabla rasa de aquella última. Bajo la idea de "versificación" se subsume entonces el fárrago bastante considerable de los versos barrocos de ocasión, de la poesía alegórica que versa sobre fruslerías conmemorativas y homenajeantes, de los chismes epistolares cortesanos o sólo corteses que son las cartitas rimadas, así como de un par de comedias, una de las cuales de todas maneras es únicamente fruto de un apresurado trabajo de colaboración. Igualmente han de incluirse aquí los dos autos sacramentales, el Cetro de José y el Mártir del Sacramento, sin que por ello nos autoricemos a referirnos en modo alguno a la despreciativa valoración del producto literario mencionado hace un momento; porque de todos modos tendrá que concederse que ellos son ejemplos de "ennoblecido quehacer", como lo califica Hebbel, ejemplos de trabajos poéticos característicos. También la lírica religiosa, con excepción de la poesía inmaculada, señaladamente neurótica, pertenece a este grupo, pues o sólo es poesía de encargo y conmemorativa, o resulta con todo expresión de una sencilla, fácil, honrada, entrañable e inocente piedad; lírica sin vuelo ni impulso místico, poesía alegre y simpática, pero no mejor ni peor que la que hacían fluir a cantaradas de versos piadosos cientos de otros fieles espíritus creyentes. Por ello es de observarse que de la época de una real existencia religiosamente excitada, de la que corresponde, por consiguiente, a los meses en que transcurre la aventura de conversión, ninguna estrofa y ninguna hilera de versos nos proporcionan la prueba o nos dan noticia de la interior disposición de ánimo de Juana; es a saber, de que ella hubiese tenido efectivamente en tal estado espiritual cualquier clase de participación poética a trueque de una reincidencia en el pecado. Por consiguiente, lo que nosotros estamos de acuerdo en determinar como versificación y de antemano tenemos la intención de eliminar, no es ni más ni menos que este delicado pero fugitivo y efímero rizo que sobre la superficie de este dispuesto ánimo poético levantan los juguetones vientos del buen humor, de la indolente jornada o del piadoso sentimiento. Así pues no se trata de una fuerza que procede de dentro, sino de un estímulo exterior; no se trata de ninguna lucha, sino de un pacífico y amigable juego. Por este lado puede calcularse todo lo que no debe legitimarse con justo mirar como miembro y parte esencial del grupo contrario, de la poesía por consiguiente.

Mas a este grupo de la poesía pertenecen, exclusiva y sencillamente, para decirlo en pocas palabras, aquellas obras de nuestra monja que junto a su manifiesto sentido poseen también otra latente, y que revelan justamente que este carácter latente tiene su origen en el profundo estrato espiritual. Es decir: en primer lugar están las muchas poesías breves, o dicho sea más exactamente, todos aquellos numerosos sonetos, romances, décimas y redondillas en los que vemos a Juana esforzarse por conseguir en sus notas espirituales opiniones e impresiones libres; esforzarse por alcanzar libertad y soltura de movimientos. No hay ni una entre las muchas que como ejemplo hemos citado, que no sea una verdadera poesía en su profundo y propio sentido, si bien la forma artística, desde el punto de vista de la lingüística, la métrica y la estética, como asimismo del tema, no puede siempre satisfacer las reglas y exigencias de la alta escuela poética. Al lado de las dos grandes creaciones que son el Primero sueño y el Divino Narciso, que no alcanzan completamente el mismo valor y nivel artísticos, pero que son los dos, sin embargo, originalísimos ensayos, se sitúan luego los versos menores, los cuales convierten a la poesía en instrumento de liberación espiritual. En torno a la citada producción poética se extiende finalmente como un entrañable y definitivo cercado, el constituido por los dos grandes escritos en prosa de valor filosófico: la Crisis sobre un sermón y la Respuesta a sor Philotea. Suprimir en ellos aunque sólo fuese lo más mínimo y conformarlos por medio de cortes para hacerlos supuestamente legibles, sería radicalmente cerrado. En ninguna de las dos disertaciones se halla tampoco una frase que no sirva para esclarecer alguna de las muchas singuralidades de Juana; que no haga brillar significativa y vivamente cualquiera de las muchas facetas de su íntimo ser. Pero de este modo precisamente también se distingue ya el valor autobiográfico, psicológico, moderadamente confeso y poético (en el recto sentido ya interpretado) de los dos escritos.

Por consiguiente, estas manifestaciones de la poesía y del pensamiento de Juana, y sólo ellas lo son únicamente, que todavía se muestran tan llenas de vida como el día de su creación, pueden en la actualidad excitarnos y tocarnos íntimamente con mucha mayor fuerza que como lo hicieron con sus contemporáneos, porque precisamente nosotros tenemos ahora unos conocimientos distintos y más profundos sobre la vida espiritual de sor Juana, los cuales pertenecen por eso mismo a una nueva edición contemporánea de sus obras. A quien tenga el propósito de aquí en adelante de ocuparse de ello y de acertar pulcra y justamente, y con gusto, en la adecuada selección de las poesías menores especialmente, ya no ha de costarle mucho llevar a cabo su proyecto si hace suyo el cuadro elaborado por nosotros de la íntima, de la verdadera, de la interpretada Juana, y si además se le hacen claros los angostos hilos que se traman entre las notas psíquicas y sus escritos poéticos y prosaicos.

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NOTAS

*Ofrecemos aquí el capítulo final conclusivo del libro póstumo de Ludwig Pfandl, Die Zehte Muse von Mexico, Juana Inés de la Cruz. Ihr Leben, ihre Dichtung. Ihre Psyche. El gran hispanista alemán, Ludwig Pfandl murió el 27 de junio de 1942; su obra, que no pudo ser publicada durante el dominio nazi, apareció por fin en Munich, con autorización del Gobierno Militar Aliado.

1 G. Fernández Mac Gregor. La santificación de Sor Juana Inés de la Cruz, México, 1932, p. 123.

http 2 Marianne West, Von Vulkanen, Pyramiden un Hexen, Berlin, 1930.

3 Prefacio a María Magdalena.

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Traducción de Juan A. Ortega y Medina

[Universidad de México 12, no. 4 (Diciembre de 1957): 15-17.]

©The Sor Juana Inés de la Cruz Project.