"SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ"

Historia de la Poesía Hispano-americana

por

Marcelino Menéndez Pelayo

[...]

Trabajo cuesta descender de tales alturas para contemplar el estado nada lisonjero de la poesía mexicana durante la mayor parte del siglo XVII. Pero no nacen todos los días Alarcones y Valbuenas, y por otra parte, las dos epidemias literarias del culteranismo y del conceptismo comenzaban a esparciar su letal influjo en las colonias como en la metrópoli, con la circunstancia además de no ser en México Góngoras ni Quevedos, ni siquiera Villamedianas y Melos, los representantes de la decadencia, sino ingenios adocenados y de corto vuelo, con una sola pero gloriosísima excepción, la de una gran mujer que en ocasiones demostró tener alma de gran poeta, a despecho de las sombras y desigualdades de su gusto, que era el gusto de su época.

No era posible, sin embargo, que en un día desapareciesen las buenas tradiciones literarias que, por sucesión apenas interrumpida, venían transmitiéndose desde Cetina, Salazar, Juan de la Cueva y Mateo Alemán, hasta Luis de Belmonte, que en México escribió su poema de San Ignacio1 y Diego Mexía, que en largo y penoso viaje de tres meses por el interior de Nueva España, tradujo las Heroídas de Ovidio, en un ejemplar que, «para matalotaje del espíritu», había comprado a un estudiante de Sonsonate.2 Todavía proseguía siendo México la metrópoli literaria del mundo americano, afamada entre todas sus ciudades por la doctrina de sus escuelas, por la cultura de sus moradores y por la gala y primor con que se hablaba nuestra lengua, conforme declaró Bernardo de Valbuena:

Es ciudad de notable policía,
Y donde se habla el español lenguaje
Más puro y con mayor cortesanía:
Vestido de un bellísimo ropaje
Que le da propiedad, gracia, agudeza,
En corto, limpio, liso y grave traje.3

Los certámenes menudeaban y había plaga de poetas, o mejor dicho, de versificadores, latinos y castellanos.4 Más de ciento, pertenecientes a esta época, se encuentran citados en el vasto trabajo bibliográfico de Beristain,5 y debió de haber muchos más si se considera que sólo a los certámenes de la Inmaculada, publicados por Sigüenza y Góngora con el título de Triumph Parthénico6 [sic] concurrieron más de cincuenta aspirantes. A los eruditos del país corresponde la tarea de entresacar de todo ese fárrago lo que pueda tener algún valor relativo, ya como poesía, ya como documento histórico.7 Para nuestro objeto, la poesía mexicana del siglo XVII se reduce a un solo nombre, que vale por muchos: el de sor Juana Inés de la Cruz. Es cierto que en una historia detallada no podría prescindirse de algunos versificadores gongorinos que demostraron cierto ingenio, como el jesuíta Matías de Bocanegra, autor de una Canción alegórica al desengaño, que se hizo muy popular y fué glosada por muchos poetas, obra no despreciable, así por la fluidez de los versos como por la delicadeza del sentido místico.8 Vale mucho menos como poeta, y es de los más lóbregos y entenebrecidos de la escuela, un varón de los más ilustres que ha producido México, y cuyo nombre es imposible omitir aquí, no por su Triumph Parthénico, [sic] ni por su poema sacro-histórico de la Virgen de Guadalupe, que tituló Primavera Indiana,9 sino por sus escritos en prosa, los cuales bastan y sobran para comprender a qué grado de cultura científica habían llegado algunos escritores hispano-americanos de fines del siglo XVII, es decir, de la época más desdeñada y peor reputada, no sólo en la historia de [la] literatura colonial, sino en la general historia de España. Sigüenza y Góngora, que tiene alguna semejanza con su contemporáneo el peruano Peralta Barnuevo, abarcó en el círculo de sus estudios casi todos los conocimientos humanos, dedicándose con particular asiduidad a las matemáticas, a la filosofía y a la historia. Formó un museo de antigüedades mexicanas, hizo especiales estudios sobre el calendario azteca para encontrar base segura en la cronología de aquellos pueblos, dirigió una expedición hidrográfica en el Seno Mexicano, impugnó las supersticiones astrológicas en su Manifiesto filosófico contra los cometas (1681) y en la Libra astronómica y filosófica (1690), y, finalmente, en un libro al cual dió, con la falta de gusto propia de su tiempo, el extravagante título de El Belerofonte matemático contra la Quimera astrológica, vulgarizó los más sólidos principios astronómicos, exponiendo la materia de paralajes y refracciones, y la teoría de los movimientos de los cometas, ya según la doctrina de Copérnico, ya según la hipótesis de los vórtices cartesianos. La aparición de tal hombre en los días de Carlos II, basta para honrar a una Universidad y a un país, y prueba que no eran tan espesas las tinieblas de ignorancia en que teníamos envueltas nuestras colonias, ni tan despótico el predominio de la teología en las escuelas que por allá fundamos.

Lo que había realmente era muy mal gusto literario y mucha afición a ridículos esfuerzos de gimnasia intelectual. Un religioso mercenario, Fr. Juan de Valencia, de quien cuentan que se había aprendido de memoria el Calepino, escribió una Teresiada o poema latino acerca de Santa Teresa en 350 dísticos retrógados, es decir, que se pueden leer al revés. Otros se dedicaban a hacer centones de las obras de Góngora, sacando los versos de su lugar para componer con ellos nuevos poemas; así lo hizo el licenciado Francisco Ayerra y Santa María, oriundo de Puerto Rico, a quien llama don Carlos de Sigüenza «erudita enciclopedia de las floridas letras». 10 Góngora había pasado a la categoría de clásico, y los poemas de su última y depravada manera se leían y comentaban en las escuelas al igual que los de Homero y Virgilio. Cuenta D. Juan de Vera Tassis, en la biografía de su amigo el ingenioso y malogrado poeta D. Agustín de Salazar y Torres (natural de Almazán, pero educado en México desde los cinco años), que en unos exámenes públicos, celebrados en el Colegio de la Compañía de Jesús, recitó de memoria las Soledades y el Polifemo, «comentando los más oscuros lugares, desatando las más intrincadas dudas, y respondiendo a los más sutiles argumentos que le proponían los que muchos años se habían ejercitado en su inteligencia y lectura. Nutrido con tal leche literaria, todavía es de admirar que el buen instinto de Salazar y Torres le salvase alguna que otra vez, como en su linda comedia El Encanto es la hermosura, que mereció ser atribuída a Tirso, y en sus versos de donaire, especialmente en el poemita Las Estaciones del día.11

Los títulos mismos de los poemas y de las oraciones que entonces se escribían arredran desde luego al que se atreve a penetrar en aquellas tinieblas. Exaltación magnífica de la Betlemítica rosa de la mejor americana Jericó y acción gratulatoria por su plausible Plantación dichosa (1697); Ecos de las cóncavas grutas del Monte Carmelo y resonantes balidos tristes de las Raqueles ovejas del aprisco de Elías Carmelitano (1717), son títulos de libros del bachiller Pedro Muñoz de Castro. Un portero de la Audiencia de México, Felipe de Santoyo, compuso un poema de Santa Isabel, a quien llama en la portada «mística Cibeles de la Iglesia» (1681). Hízose Célebre un soneto de D. Luis Sandoval y Zapata a la Virgen de Guadalupe, en metáfora del fénix mitológico, el cual soneto comenzaba:

El astro de los Pájaros espira,
Aquella alada eternidad del viento;
Y entre la exhalación del movimiento
Víctima arde olorosa de la Pyra...

Este autor había escrito Panegírico de la Paciencia, como previendo la mucha que se necesitaba para leer sus versos.12 La Elocuencia del Silencio, título de un poema gongorino de principios del siglo XVIII en loor de San Juan Nepomuceno, es la que hubiera convenido a la mayor parte de estos ingenios, comenzando por el propio autor del libro, el abogado de la Real Audiencia de México, D. Miguel de Reina Ceballos.

En tal atmósfera de pedantería y de aberración literaria vivió sor Juana Inés de la Cruz, y por eso tiene su aparición algo de sobrenatural y extraordinario. No porque esté libre del mal gusto, que tal prodigio fuera de todo punto increíble, sino porque su vivo ingenio, su aguda fantasía, su varia y caudalosa, aunque no muy selecta, doctrina, y sobre todo, el ímpetu y ardor del sentimiento, así en lo profano como en lo místico, no sólo mostraron lo que hubiera podido ser con otra educación y en tiempos mejores, sino que dieron a algunas de sus composiciones valor poético duradero y absoluto. Pocas son, a la verdad, las que un gusto severo y escrupuloso puede entresacar de los tres tomos de sus obras, y aun estas mismas no se encuentran exentas de rasgos enfáticos, alambicados o conceptuosos; pero así y todo, muy interesante volumen podría formarse con dos docenas de poesías líricas, algún auto sacramental como El Divino Narciso,13 la linda comedia de Los Empeños de una casa, y la carta al Obispo de Puebla, que sería admirable si se la aligerase de algunos textos y erudiciones extemporáneas.14 Con esto quedaría en su punto el crédito de la Décima Musa Mexicana, y prevalecería el alto juicio que de ella formó el P. Feijóo contra la rigurosa sentencia con que, llevado de su rigorismo clásico, declaró D. Juan Nicasio Gallego,15 que «sus obras atestadas de extravagancias yacían en el polvo de las bibliotecas desde la restauración del gusto».

No parece gran elogio para sor Juana declararla superior a todos los poetas del reinado de Carlos II, época ciertamente infelicísima para las letras amenas, aunque no lo fuera tanto, ni con mucho, para otros ramos de nuestra cultura. Pero valga por lo que valiere, nadie puede negarle esa palma en lo lírico, así como a Bances Candamo hay que otorgársela entre los dramáticos, y a Solís entre los prosistas. No se juzgue a sor Juana por sus símbolos y jeroglíficos, por su Neptuno alegórico,16 por sus ensaladas y villancicos,17 por sus versos latinos rimados, por los innumerables rasgos de poesía trivial y casera de que están llenos los romances y décimas con que se amenizaba los saraos de los virreyes Marqués de Mancera y Conde de Paredes. Todo esto no es más que un curioso documento para la historia de las costumbres coloniales y un claro testimonio de cómo la tiranía del medio ambiente puede llegar a pervertir las naturalezas más privilegiadas.

Porque la de sor Juana lo fué sin duda, y lo que más interesa en sus obras es el rarísimo fenómeno psicológico que ofrece la persona de su autora. Abundan en nuestra literatura los ejemplos de monjas escritoras, y no sólo en asuntos místicos, sino en otros seculares y profanos: casi contemporánea de sor Juana fué la portuguesa sor Violante do Ceo, que en el talento poético la iguala y quizá la aventaja. Pero el ejemplo de curiosidad científica, universal y avasalladora, que desde sus primeros años dominó a sor Juana, y la hizo atropellar y vencer hasta el fin de sus días cuantos obstáculos le puso delante la preocupación o la costumbre, sin que fuesen parte a entibiarla, ni ajenas reprensiones, ni escrúpulos propios, ni fervores ascéticos, ni disciplinas y cilicios después que entró en religión, ni el tumulto y pompa de la vida mundana que llevó en su juventud, ni la nube de esperanzas y deseos que arrastraba detrás de sí en la corte virreinal de México, ni el amor humano que tan hondamente parece haber sentido, porque hay acentos en sus versos que no pueden venir de imitación literaria, ni el amor divino, único que finalmente bastó a llenar la inmensa capacidad de su alma; es algo tan nuevo, tan anormal y peregrino, que a no tener sus propias confesiones escritas con tal candor y sencillez, parecería hipérbole desmedida de sus panegiristas. Ella es la que nos cuenta que aprendió a leer a los tres años: que a los seis o siete, cuando oyó decir que había Universidades y Escuelas en que se aprendían las ciencias, importunaba con ruegos a su madre para que la enviase al Estudio de México en hábito de varón: que aprendió el latín casi por sí propia, sin más base que veinte lecciones que recibió del bachiller Martín de Olivas. «Y era tan intenso mi cuidado --añade--, que siendo así que en las mujeres (y más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí, no sabía tal o cual cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza..., que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que eran más apetecible adorno.»

En el palacio de la Virreina, donde fué «desgraciada por discreta y perseguida por hermosa», sufrió a los diez y siete años examen público de todas facultades ante cuarenta profesores de la Universidad, teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, humanistas, y a todos llenó de asombro. Su celda, en el convento de San Jerónimo, fué una especie de Academia, llena de libros y de instrumentos músicos y matemáticos. Pero tan continua dedicación al estudio, no a todos pareció compatible con el recogimiento de la vida claustral, y hubo una prelada «muy santa y muy cándida (son palabras de sor Juana), que creyó que el estudio era cosa de Inquisición, y me mandó que no estudiase; yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro; en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer; porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal».

Fué mujer hermosísima, al decir de sus contemporáneos, y todavía puede colegirse por los retratos que acompañan a algunas de las primeras ediciones de sus obras, aunque tan ruda y toscamente grabados.18 Fué además mujer vehemente y apasionadísima en sus afectos, y sin necesidad de dar asenso a ridículas invenciones románticas ni forjar novela alguna ofensiva a su decoro, difícil era que con tales condiciones dejase de amar y de ser amada mientras vivió en el siglo. Es cierto que no hay más indicio que sus propios versos, pero éstos hablan con tal elocuencia, y con voces tales de pasión sincera y mal correspondida o torpemente burlada, tanto más penetrantes cuanto más se destacan del fondo de una poesía amanerada y viciosa, que sólo quien no esté acostumbrado a distinguir el legítimo acento de la emoción lírica, podrá creer que se escribieron por pasatiempo de sociedad o para expresar afectos ajenos. Aquellos celos son verdaderos celos; verdaderas recriminaciones aquellas recriminaciones. Nunca, y menos en una escuela de dicción tan crespa y enmarañada, han podido simularse los efectos que tan limpia y sencillamente se expresan en las siguientes estrofas:

Mas, ¿cuándo, ¡ay, gloria mía!
Mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
Que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto
Y de los míos secarás el llanto?

¿Cuándo tu voz sonora
Herirá mis oídos delicada,
Y el alma que te adora,
De inundación de gozos anegada,
A recibirte con amante prisa
Saldrá a los ojos desatada en risa?

¿Cuándo tu luz hermosa
Revestirá de gloria mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
Mis suspiros daré por bien perdidos,
Teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Qué tanto ha de penar quien goza tanto!
.............................................................

Ven, pues, mi prenda amada,
Que ya fallece mi cansada vida
De esta ausencia pesada;
Ven, pues, que mientras tarda tu venida,
Aunque me cueste su verdor enojos,
Regaré mi esperanza con mis ojos.
....................................................

Si ves el cielo claro,
Tal es la sencillez del alma mía,
Y si de azul avaro,
De tinieblas se emboza el claro día,
Es con su oscuridad y su inclemencia
Imagen de mi vida en esta ausencia.

No era, no, vano ensueño de la mente, ni menos alegoría o sombra de otro amor más alto, que sólo más tarde invadió el alma de la poetisa, aquella sombra de su bien esquivo, a la cual quería detener con tan tiernas quejas;

Si al imán de tus gracias atractivo
Sirve mi pecho de obediente acero,
¿Para qué me enamoras lisonjero
Si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
De que triunfa de mí tu tiranía;
Que aunque dejas burlado el lazo estrecho

Que tu forma fantástica ceñía,
Poco importa burlar brazos y pecho
Si te labra prisión mi fantasía.

Los versos de amor profano de sor Juana son de los más suaves y delicados que han salido de pluma de mujer. En los de arte mayor pueden encontrarse resabios de afectación; pero en el admirable romance de la Ausencia, que más bien pudiera llamarse de la Despedida, y en las redondillas en que describe los efectos del amor, todo o casi todo es espontáneo y salido del alma. Por eso acierta tantas veces sor Juana con la expresión feliz, con la expresión única, que es la verdadera piedra de toque de la sinceridad de la poesía afectiva.

No es menor ésta en sus versos místicos, expresión de un estado muy diverso de su ánimo, nacidos sin duda de aquella reacción enérgica que dos años antes de su muerte llegó a su punto más agudo, moviéndola a vender para los pobres su librería de más de cuatro mil volúmenes, sus instrumentos de música y de ciencia, sus joyas y cuanto tenía en su celda, sin reservarse más que «tres libricos de devoción y muchos cilicios y disciplinas», tras de lo cual hizo confesión general que duró muchos días, escribió y rubricó con su sangre dos Protestas de fe y una petición causídica al Tribunal Divino, y comenzó a atormentar sus carnes tan dura y rigurosamente, que sus superiores tuvieron que irle a la mano en el exceso de sus penitencias, porque «Juana Inés (dice el P. Núñez, confesor suyo) no corría en la virtud, sino volaba». Su muerte fué corona de su vida; murió en una epidemia, asistiendo a sus hermanas.

Lo más bello de sus poesías espirituales se encuentran, a nuestro juicio, en las canciones que intercala en el auto de El divino Narciso, llenas de oportunas imitaciones del Cantar de los cantares y de otros lugares de la poesía bíblica. Tan bellas son, y tan limpias, por lo general, de afectación y culteranismo, que mucho más parecen del siglo XVI que del XVII, y más de algún discípulo de San Juan de la Cruz y de Fr. Luis de León que de una monja ultramarina, cuyos versos se imprimían con el rótulo de Inundación Castálida. Tales prodigios obraban en esta humilde religiosa, así como en otras monjas casi contemporáneas suyas (sor Gregoria de Santa Teresa, sor María do Ceo, etc.), la pureza y elevación del sentido espiritual, y un cierto género de tradición literaria sana y de buen gusto, conservada por la lectura de los libros de devoción del siglo anterior. Pero en sor Juana es doblemente de alabar esto, porque a diferencia de otras esposas del Señor, en cuyos oídos rara vez habían resonado los acentos de la poesía profana, y a cuyo sosegado retiro muy difícilmente podía llegar el contagio del mal gusto, ella, por el contrario, vivió siempre en medio de la vida literaria, en comunicación epistolar con doctores y poetas de la Península, de los más enfáticos y pedantes, y en trato diario con los de México, que todavía exageraban las aberraciones de sus modelos. De fijo que todos ellos admiraban mucho más a sor Juana cuando en su fantasía del Sueño se ponía a imitar las Soledades de Góngora, resultando más inaccesibles que su modelo, o cuando en el Neptuno alegórico, Océano de colores, Simulacro político, apuraba el magín discurriendo emblemas disparatados para los arcos de triunfo con que había de ser festejada la entrada del virrey Conde de Paredes, que cuando en un humilde romance exclamaba con tal luminosa intuición de lo divino:

Para ver los corazones
No has menester asistirlos;
Que para ti son patentes
Las entrañas del abismo.

Así de estos versos sagrados, como de los profanos, ofrecimos en nuestra Antología una pequeña selección, abriendo con ellos el Parnaso mexicano, que nada pierde con estar bajo el amparo de tan simpática patrona. Si nuestra colección se hubiera extendido a la poesía dramática, habríamos dado entrada también a alguna loa, a algún auto sacramental como el de San Hermenegildo, y sobre todo a una interesante y gallarda imitación que hizo de las comedias de capa y espada de Calderón, con el título de Los Empeños de una casa. Aun en otra comedia suya, Amor es más laberinto, que es notoriamente inferior a ésta, por defecto del argumento mitológico, por vicio de culteranismo, por mala contextura dramática, y sobre todo, por estar afeada con un infelicísimo acto segundo, que no es de la monja sino de su colaborador el bachiller D. Juan de Guevara, hay algo que elogiar, muy robusto y calderoniano, así en el relato de Teseo como en el discurso del Embajador de Atenas.19

Con sor Juana termina, hasta cronológicamente, la poesía del siglo XVII. La del XVIII se divide naturalmente en dos períodos, así para España como para sus colonias y aun puede decirse que estos períodos corresponden con bastante exactitud a las dos mitades del siglo. [...]

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NOTAS

1 Vida del Padre Maestro Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Dirigida a sus Religiosos de la provincia de la Nueva España. Por Luys de Belmonte Bermudez, 1609. Con privilegio por ocho años. En Mexico. En la Enprenta de Geronimo Balli. Por Cornelio Adriano Cesar. 8.o, 256 hs.

De este rarísimo poema en quintillas dobles, y en diez libros, poseyó un ejemplar el Marqués de Jerez de los Caballeros.

2 Volveremos a hablar de Diego Mexía y de su Parnaso Antártico al tratar de los primeros poetas del Perú.

3 Grandeza Mexicana, epílogo.

4 Como muestra de este género de literatura citaremos un par de piezas de las más raras.

--Floresta latina culta en honra y alabança de dos bellissimas plantas y santissimas Virgines Lucia y Petronila. Por unos aficionados suyos. En Mexico. En la Imprenta del Bachiller Juan de Alcaçar. Año de 1623. (Biblioteca del Duque de T'Serclaes en Sevilla.)

La mayor parte de los versos de esta coleccioncita son latinos. Entre los castellanos hay tres «Églogas pastoriles en las quales se representa el valiente amor con que Lucia se quita los ojos: hablando Christo con la Santa en nombre de varios pastores y pastoras, la primera por Juan de Villanueva, la segunda por D. Baltasar Rodríguez, la tercera por Diego de la Fuente«.

--Obediencia que Mexico cabeça de la Nueva España dio a la Magestad Catholica del Rey Don Philipe IIII de Austria N. S. alçando pendones de Vassallage en su Real Nombre. Con un discurso en verso del Estado de la misma Ciudad, desde su Fundación, Imperio y Conquista, hasta el mayor Crecimiento y Grandeza en que oy está... Dirigido a dicho Cabildo Iusticia y Regimiento de la misma Ciudad. Año 1623. Por Arias de Villalobos Presbytero, a quien se cometio esta Relación... Con licencia, en México, en la Imprenta de Diego Garrido.

El único ejemplar conocido de esta Relación es el de la Biblioteca del Colegio del Estado de Puebla (Núm. 358 de la bibliografía de Medina).

El bachiller Arias de Villalobos, autor del poema descriptivo de la ciudad de México, era natural de Jerez de los Caballeros en Extremadura.

Sólo por referencia de Beristain, a quien copian los bibliógrafos posteriores, sabemos de una obrita en prosa y verso, que corresponde también a los primeros años del siglo XVII, y debe de ser curiosa.

--Los Sirgueros de la Virgen sin original peccado... Por el Bachiller Francisco Bramon Consiliario de la Real Universidad de Mexico... En Mexico. Con licencia. Año 1620. 8.o, 161 hs.

Según Beristain, cuya crítica no es mucho de fiar, tiene algún parecido con la Galatea, de Cervantes.

5Biblioteca Hispano-Americana Septentrional, o Catálogo y noticia de los literatos que, o nacidos o educados o florecientes en la América Sepstentrional Española, han dado a luz algún escrito, o lo han dejado preparado para la prensa. La escribía el Dr. José Mariano Beristain de Souza... Deán de la Metropolitana de México. Año de 1816. El tercer tomo se publicó en 1821. Comprende, como se ve, todo el período colonial, y bajo el nombre de América Septentrional incluye también algunos escritores de las Antillas y de la América Central; en todo, más de cuatro mil artículos. Beristain escribía mal, no tenía buen gusto, y describe muy imperfectamente los libros, sin ninguno de los perfiles que ahora se exigen; pero su obra es un estimable tesoro de noticias, porque alcanzó en su integridad los archivos y las bibliotecas de México, y da noticia de muchas obras que después se han perdido. La suya es una de las más raras que hay en bibliografía. Por eso ha hecho señaladísimo servicio en reimprimirla el bachiller D. Fortino Hipólito de Vera, en Amecameca, 1883, siendo sólo de lamentar que la mísera calidad del papel y de los tipos no corresponda al mérito de la obra.

Debe añadirse a estos tres tomos como indispensable complemento el 4.o de Anónimos que Beristain dejó inédito, y ha sido publicado por D. José Toribio Medina en Santiago de Chile, 1897. Contiene, además, otras adiciones y correcciones del mismo Beristain, del Dr. Osores y de otras personas, siendo de especial interés para nuestro asunto el catálogo de los ingenios que concurrieron a los certámenes literarios celebrados en Nueva España, y el índice de los anónimos poéticos, que comprende 70 números.

Hay también un precioso tomito de Adiciones y correcciones a la Biblioteca Hispano-Americana Septentrional, que dejó inéditas D. José Fernando Ramírez, impresas por D. Victoriano Agüeros y D. Nicolás León (México, 1898).

Mucho antes que Beristain, había acometido la misma empresa don Juan José de Eguiara y Eguren, maestrescuela de la Catedral de México, y obispo electo de Yucatán. Pero no llegó a publicar más que el primer tomo, comprensivo de las tres primeras letras. Este libro, casi tan raro como el de Beristain, aunque de menos precio en el mercado, se titula Bibliotheca Mexicana, sive eruditorum historia virorum qui in America Boreali nati vel alibi geniti, in ipsam domicilio aut studiis adsciti, quavis lingua scripto aliquid tradiderunt... Mexici: nova Typhographia in ædibus Authoris editioni ejusdem Bibliothecæ destinata. Anno Domini, 1755.

Sobre lo mucho que falta y sobra en estas Bibliotecas, véase un discurso de García Icazbalceta en el tomo I de las Memorias de la Academia Mexicana (págs. 351-370).

Eguiara tiene todos los defectos de Beristain, con más el gravísimo de haber traducido al latín los títulos de los libros castellanos, y esto de un modo tan libre y revesado, que a veces cuesta mucho identificarlos. Los Anteloquios de su Biblioteca vienen a ser una historia panegírica de la cultura mexicana, y contienen datos curiosos.

6 Triumpho parthenico que en glorias de María Santissima inmaculadamente concebida, celebró la Pontificia, Imperial y Regia Academia Mexicana en el Biennio que como su Rector la governó el Doctor Don Juan de Narvaez, Tesorero general de la Santa Cruzada en el Arçobispado de Mexico, y al presente Cathedratico de Prima de Sagrada Escritura. Describelo D. Carlos de Siguenza y Gongora Mexicano y en ella Cathedratico propietario de Mathematicas. En Mexico, por Juan de Ribera, 1683.

7 Sobre la bibliografía del siglo XVII existen dos obras fundamentales, la del Sr. Andrade, ya mencionada, y La Imprenta en México, de D. José Toribio Medina (Santiago de Chile, impreso en casa del Autor, 1907-1908, folio). Sólo conocemos los tomos 2.o, 3.o y 4.o, que alcanzan desde 1601 hasta 1744.

El tomo 1.o, que debe comprender el siglo XVI, no ha aparecido aún, aunque la numeración de los artículos del 2.o, que principia con el 201, presupone su existencia.

8 Cancion famosa por el M. R. Padre Mattias de Bocanegra, de la Sagrada Compañía de Jesús. Con las licencias necesarias. Impressa en Mexico, en la Imprenta de la Biblioteca Mexicana. Año de 1755... Comienza:

Una tarde en que el Mayo
De competencias quiso hacer ensayo...

Ignoramos la fecha de la primera edición. Beristain, Andrade y Medina registran otras obras suyas impresas entre 1640 y 1648, entre ellas el Theatro gerarchico de las luz, Pyra Christiano polytica del govierno que la... Ciudad de Mexico erigió en la Real Portada que dedicó al Excmo. señor don Garcia Sarmiento de Sotomayor y Luna, Conde de Salvatierra, Marqués de Sobroso... en su feliz venida por Virrey, Governador y Capitan general de esta Nueva España. (México, en la imprenta de Juan Ruyz, 1642).

La Cancion famosa conservaba todavía su popularidad a fines del siglo XVIII, y fué tema de competencia entre varios ingenios mexicanos. Hay una reimpresión hecha en la Puebla de los Ángeles en 1775 y otra en México en 1782. A imitación suya se compusieron otras, siendo, al parecer, la más antigua, la de D. Bartolomé Fernández Talón, citada por Eguiara y Beristain, pero que no han llegado a ver Andrade ni Medina.

--Cancion moral en que de la belleza efímera de la rosa se sacan documentos floridos para despreciar la humana belleza de las mugeres... Mexico, por la Viuda de Bernardo Calderon, 1652. 4.o.

Existen, además, las siguientes y quizá alguna otra.

--Cancion famosa a un desengaño, por el P. Juan de Arriola, Ingenio mexicano. México, 1755 y 1767; Puebla de los Ángeles, 1776.

Inc. Una apacible tarde
En que hizo Abril de su matiz alarde,
Copiando sus pinceles
En tabla de esmeralda los claveles,
Para ir equivocando
Al soplo lento del Favonio blando,
Por la playa feliz de sus arenas,
Roxo carmin con blancas azucenas...

--Romance de D. Francisco Joseph de Soria Americano. Reimpreso en la Puebla de los Ángeles, 1776.

No es tal romance, sino una silva.

Inc. Una alegre mañana
En que el florido Abril con pompa vana
Del Imperio de Flora
Entregó al Mayo la primera Aurora...

--Cancion a la vista de un desengaño, compuesta por D. Manuel Antonio Valdés y Munguía, Ingenio americano. Reimpresa en la Puebla de los Ángeles, 1776.

Inc. Una alegre mañana
En que la diosa Flora toda ufana
Bordaba con primores,
En campaña de mirtos y de flores...

--Famosa cancion a un desengaño. Anónima. Reimpresa en la Puebla de los Ángeles, 1776.

Inc. Una noche sombría,
Funesta emulación del claro día,
Cuando Anfitrite hermosa,
En palacios de espuma bulliciosa,
Duerme al compás de roncos caracoles...

--Cancion a un desengaño. Escrita por Joseph Manuel Colon Machado. Reimpresa en la Puebla de los Ángeles, 1777.

Inc. Una alegre mañana
Que en campos de carmín, de nieve y grana
Festejaban felices
El diverso color de sus matices...

--Cancion famosa a la vista feliz de un desengaño. Escrita por don Thomas Cayetano de Ochoa y Arin, originario de la Corte de Mexico. Reimpresa en la Puebla de los Ángeles, 1777.

Inc. Una tarde apacible
Que parecía imposible
Dejar de competir en sus pensiles
Ejércitos de Mayos y de Abriles...

Según Beristain, todas estas piezas tuvieron varias reimpresiones en México y en Puebla.

Vid. La Imprenta en la Puebla de los Ángeles (1640-1821), por J. T. Medina. Santiago de Chile, Imp. Cervantes, 1908. Núms. 934, 949, 953, 970, 976, 998.

9 Primavera Indiana, Poema sacro-histórico, idea de Maria Santissima de Guadalupe, copiada de Flores. Escrivialo D. Carlos de Siguenza y Gongora... En Mexico. Por la Viuda de Bernardo Calderon. Año de 1668. 8.o.

Es un canto en setenta y nueve octavas reales.

Pueden verse algunas muestras, que quitan las ganas de leer lo demás, en la copiosa bibliografía del Bachiller D. Fortino Hipólito Vera, vicario de Amecameca, Tesoro Guadalupano, noticia de los libros, documentos, inscripciones, etc., que tratan, mencionan o aluden a la aparición y devoción de Nuestra Señora de Guadalupe (Amecameca, 1889), tomo II, páginas 168-173.

10 Hubo también centones virgilianos, como el del Licenciado Riofrío en alabanza de la Virgen de Guadalupe:

Centonicum Virgilianum monumentum mirabilis apparitionis Purissimæ Virginis Mariæ de Guadalupe extramuros civitatis Mexicanæ: authore Licenciado D. Bernardo de Riofrío Michoacanensis Ecclesiæ Canonico Doctorali... Mexici, apud Viduam Bernardi Calderon. Anno 1680.

Otros poemas latinos y vulgares relativos a la aparición de la célebre imagen, pueden encontrarse descritos en el Tesoro Guadalupano, que ha compilado con tanta diligencia el bachiller Vera.

11 Beristain cita un opúsculo suyo impreso en Nueva España: Descripción de la entrada pública en México del Excmo. Sr. Duque de Alburquerque. Por D. Agustín de Salazar y Torres. México, por Hipólito de Ribera, 1653. 4.o

12 Panegirico de la Paciencia donde se libaron las flores estudiosamente escogidas para la vida espiritual, en la erudición de las Divinas letras, Santos Padres, y Interpretes. Lo escrivia D. Luis de Sandoval Zapata... 1645. En Mexico, por la Viuda de Bernardo Calderon.

«Sandoval era dueño de una hacienda o ingenio de azúcar; y atendiendo a esto y a su talento, y también a su ingenio y carácter pródigo, dijo un discreto: «Que de dos grandes ingenios que Dios le había dado, el uno le había hecho rico, y el otro le había reducido con su familia a la mayor pobreza» (Beristain).

13 Auto sacramental del Divino Narciso, por alegorias. Compuesto por el singular numen y nunca dignamente alabado ingenio, claridad y propriedad de frase Castellana de la Madre Juana Ines de la Cruz, religiosa profesa en el Monasterio del Señor San Geronimo de la Imperial Ciudad de Mexico. A instancia de la Excellentissima Señora Condesa de Paredes, Marquesa de la Laguna, Virreyna desta Nueva España, singular Patrona, y aficionada de la Madre Juana, para llevarlo a la Corte de Madrid, para que se representasse en ella. Sacalo a luz publica el Doctor Don Ambrosio de Lima, que lo fue de Camara de su Excellencia, y pudo lograr una copia... En la Imprenta de la Viuda de Bernardo Calderón. Año de 1690. 4.o.

14 Carta athenagorica de la Madre Juana Ines de la Cruz religiosa profesa de velo y Choro en el muy Religioso Convento de San Geronimo de la Ciudad de Mexico cabeça de la Nueba España. Que imprime y dedica a la misma Sor Phylotea de la Cruz su estudiossa aficionada en el Convento de la Santissima Trinidad de la Puebla de los Ángeles. En la Imprenta de Diego Fernandez de Leon. Año de 1690. 4.o

15 En el prólogo a las Poesías de la Avellaneda.

16 Neptuno alegorico, oceano de colores, simulacro político, que erigio la muy esclarecida, sacra y augusta Metropolitana de Mexico, en las lucidas alegoricas Ideas de un Arco Triunphal, que consagró obsequiosa y dedicó amante a la feliz entrada de el Excmo. Señor D. Thomas Antonio Lorenço Manuel de la Cerda, Manrique de Lara, Enriquez Afan de Ribera, Portocarrero y Cardenas: Conde de Paredes, Marques de la Laguna, de la Orden y Cavalleria de Alcantara, Comendador de la Moraleja, del Consejo y Camara de Indias, y Junta de Guerra, Virrey Governador y Capitán general de esta Nueva España y Presidente de la Real Audiencia, que en ella reside, etc. Que hizo la madre Iuana Inés de la Cruz, Religiosa del Convento de S. Geronimo de esta ciudad. Con licencia. En Mexico, por Juan de Ribera en el Empedradillo.

4.o 27 hojas de texto, terminadas por un romance octosílabo con la explicación del arco.

(N. 736 de Andrade, 1203 de Medina.)

Apunto esta rarísima edición por haber sido ignorada de los bibliógrafos españoles, y lo mismo hago con otras que se encuentran en el mismo caso.

17 Antes de coleccionarse sus obras se habían impreso sueltos los siguientes, y quizá algunos más:

--Villancicos que se cantaron en la Santa Iglesia Cathedral de la Puebla de los Ángeles, en los Maytines solemnes de la Purissima Concepcion de Nuestra Señora, este año de 1689. Y los escribia para dicha Santa Iglesia la Madre Juana Inés de la Cruz Religiosa Professa del Convento de San Geronimo de Mexico. Puestos en metro musico por el Licenciado D. Miguel Matheo Dallo y Lana, Maestro de Capilla de dicha Santa Iglesia. Con Licencia, en la Puebla, por Diego Fernandez de Leon. Año 1689. 4.o

Hay tres ediciones del mismo año y de la misma imprenta, que pueden verse con los números 114, 115 y 116, en el libro de Medina, La Imprenta en la Puebla de los Ángeles (1640-1821), por J. T. Medina. Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, 1898. Comprende 1.928 títulos.

Medina supone que dos de estas reimpresiones son peninsulares.

--Villancicos con que se solemnizan en la Santa Iglesia Cathedral de la Ciudad de la Puebla de los Ángeles, los Maytines del gloriosissimo Patriarcha Señor San Joseph, este año de 1690. Dotados por el reverente afecto, y cordial de un indigno Esclavo deste felicissimo Esposo de María Santissima, y Padre adoptivo de Christo Señor nuestro. Discurriolos la erudicion sin segunda, y siempre acertado entendimiento de la Madre Juana Ines de la Cruz, Religiosa Professa de Velo y Coro, y Contadora en el muy Religioso Convento del Maximo Doctor de la Iglesia San Geronimo, de la Imperial Ciudad de Mexico, en glorioso obsequio del Santissimo Patriarca a quien los dedica. Puestos en metro musico por el Licenciado D. Miguel Mateo Dallo y Lana, Maestro de Capilla de dicha Santa Iglesia. Con licencia: En la Puebla, en la oficina de Diego Fernandez de Leon. Año 1690. 4.o

Núm. 130 de Medina, el cual opina que esta edición es contrahecha en Madrid, pero que debe de existir la original.

--Villancicos con que se solemnizaron en la Santa Iglesia, y primera Cathedral de la ciudad de Antequera, valle de Oaxaca, los Maytines de la Gloriosa Martyr Santa Catharina este año de mil seiscientos y noventa y uno. Dotados por el reverente afecto y cordial devocion de el Doctor Don Iacinto de Ladehesa Verastegui, Chantre de la Santa Iglesia Cathedral, Comissario Apostolico, y Real Subdelegado de la Santa Cruzada, y assi mismo Comissario de el Santo Oficio de la Inquisicion y su Qualificador. Discurriolos la erudicion sin segunda, y admirable entendimiento de la Madre Juana Ines de la Cruz, Religiossa professa de Velo y Choro de el Religioso Convento de el Señor San Geronimo de la Ciudad de Mexico, en obsequio de esta Rossa Alexandrina. Pusolos en metro musico el Licenciado Don Matteo Vallados, Maestro de Capilla, dedicalos dicho señor Chantre y Comissario a el M. R. P. Maestro Fr. Francisco de Reyna, Provincial actual de la Provincia de San Hypolito, Martyr de dicha Ciudad de Oaxaca. Con licencia, en la Puebla de los Ángeles. En la Imprenta de Diego Fernandez de Leon. Año de 1691.

Núm. 137 de Medina.

Todos estos villancicos llevan, como se ve, los nombres de los Maestros de Capilla que los pusieron en música, pero no es inverosímil que en otros la compusiese ella misma, puesto que fué muy perita en aquel arte, y hasta compuso un tratado teórico, del cual habla en un romance bastante pedestre a la Condesa de Paredes:

Y empecé a hacer un tratado,
Para ver si reducía
A mayor facilidad
Las reglas que andan escritas.

En él, si mal no recuerdo,
Me parece que decía
Que es una línea espiral,
No un círculo la armonía.

Y por razón de su forma,
Revuelta sobre sí misma,
La intitulé Caracol,
Porque esta revuelta hacía.

Pero esto está tan informe,
Que no sólo es cosa indigna
De vuestras manos, mas juzgo
Que aun le desechan las mías.

A este tratado alude, sin duda, un panegirista anónimo que parece ser el P. Diego Calleja, de la Compañía de Jesús:

Nuevos metros halló, nuevos asuntos,
Nueva resolución a los problemas
Y a la música nuevos contrapuntos.

En cuanto a metros nuevos, paréceme que Sor Juana inventó uno solo, más curioso que recomendable. Son unos versos sueltos de diez sílabas, que comienzan siempre por un esdrújulo:

Lámina sirva el Cielo al retrato,
Lísida, de tu angélica forma,
Cálamos forme el Sol de sus luces,
Sílabas las Estrellas compongan.

Cárceles tu madeja fabrica,
Dédalo que sutilmente forma,
Vínculos de dorados Ophires,
Tíbares de prisiones gustosas...

Los usó en una extraña composición en que «pinta la proporción hermosa de la Excelentísima Señora Condesa de Paredes». (Poemas... tomo I, ed. de Barcelona, 1691, págs. 204-206.) Acaso si algún vate modernista tropieza con ellos, se anime a imitarlos.

El P. Agustín de Castro, de quien hablaré después, y que también tuvo aspiraciones de reformar la métrica castellana, había escrito un comentario a esta oda, según dice su biógrafo el P. Maneiro: «Ut patriam poesin, quo ad posset, adjuvaret, cum brevi elogio describeret Joannam Agnetem, sacram virginem, et famosissimam poetriam in Mexicanis, hispanam odam, quam illa novo metro cecinit, eruditis annotationibus illustravit, et nitido, ac doctrina pleno resolvit sermone, in id potissimum intendens, ut mire accuratas mensuras accentuum explicaret, quas adhibuit Joanna in eo metro, quod ipsa primum invenerat.» (De vitis aliquot Mexicanorum... Pars tertia, pág. 203).

18 En el Museo Provincial de Toledo existe un retrato de la poetisa, pintado en México en 1772 por Andrés de Isla. Está reproducido en el libro que acaba de publicar D. Amado Nervo. Supongo que este retrato procede de la colección del Cardenal Lorenzana, que tantas curiosidades trajo de América. Lleva una curiosa leyenda que también publica el Sr. Nervo. En México se conserva otro precedente del convento de San Jerónimo, y que acaso haya servido de original al de Toledo.

19 Nació sor Juana Inés de la Cruz, de padre vascongado y madre mexicana, en 12 de noviembre de 1651, y murió en 17 de abril de 1691. Su nombre en el siglo era D.a Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Cantillana; su nombre poético Julia. Sobre el lugar de su nacimiento hay alguna diversidad entre los autores; los más, siguiendo al P. Diego de Calleja (que escribió la primera biografía de sor Juana en la aprobación del tomo tercero de sus obras), la suponen nacida en la alquería de San Miguel de Nepanthla, a doce leguas de México; otros la dicen hija del pueblo de Amecameca, fundados en un soneto de la misma poetisa que acaba así:

Porque eres zancarrón y yo de Meca.

Lo seguro es que en Amecameca fué bautizada, y esto puede concordar los distintos pareceres.

Sus obras, que habían corrido profusamente en copias manuscritas, imprimiéndose sueltos El Divino Narciso, El Neptuno Alegórico y varios villancicos, comenzaron a ser coleccionadas en 1689, por D. Juan de Camacho Gayna, bajo los auspicios de la Condesa de Paredes, que había sido virreina de México, y gran protectora de sor Juana. Este primer tomo lleva el retumbante título de Inundación Castálida de la unica poetisa, musa dezima, sor Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa en el monasterio de San Jerónimo de la imperial ciudad de Mexico; que en varios metros, idiomas y estilos fertiliza varios assumptos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, utiles versos para enseñanza, recreo y admiración. En Madrid, por Juan García Infanzon. Año de 1689. 4.o

Esta primera edición es rara; repitióse el año siguiente con el título más modesto y adecuado de Poemas.

El segundo tomo de las obras de sor Juana se publicó en Sevilla, 1691. No hemos visto esta edición, pero tenemos la de Barcelona, 1693, por Joseph Llopis, que conserva la aprobación de la primitiva, y probablemente estará copiada a plana y renglón.

Con ella hace juego el primer tomo reimpreso por el mismo Llopis en 1691.

El tomo tercero no se imprimió hasta 1700, con el título de Fama y obras posthumas del Fenix de México, decima musa, poetisa americana, sor Juana Inés de la Cruz. En Madrid, en la imprenta de Manuel Ruiz de Murga. Año de 1700.

Publicó este libro D. Juan Ignacio de Castorena y Ursúa, capellán de honor de S. M. y Prebendado que había sido de la Metropolitana de México, hombre de gusto pedantesco y depravado, que tituló uno de sus sermones acerca de la Inmaculada Concepción, Abraham Academico en el Racional Iuicio de los Doctores (México, 1696).

Los tres tomos juntos se reimprimieron varias veces durante el siglo XVIII, en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia y otras partes. Todas estas ediciones, que antes eran vulgares en España, pero ya comienzan a escasear, son a cual más infelices en papel y tipos. No he visto ediciones de México, pero las habrá seguramente, totales o parciales, porque el nombre de Sor Juana sigue siendo popular en su patria. Lo único que conozco de América, es una pequeña antología formada, con buen gusto, por un literato ecuatoriano que falleció en estos últimos años (Obras selectas de la célebre Monja de Méjico Sor Juana Inés de la Cruz, precedidas de su biografía y juicio crítico por Juan León Mera. Quito, Imprenta Nacional, 1873).

La última edición peninsular que he visto es de 1725, y es probable que no se hicieran más, porque ya había comenzado el cambio de gusto.

Son muchos los biógrafos de Sor Juana, pero casi todos se limitan a glosar lo que la poetisa dijo de sí misma en la Carta athenagórica, respondiendo a la que le había dirigido el Obispo de Puebla, D. Manuel Fernández de Santa Cruz, con el pseudónimo de sor Philotea de la Cruz, y lo que escribió el P. Diego de Calleja en la aprobación del tercer tomo de sus Obras. Algunos datos se sacan también de los innumerables versos panegíricos que se compusieron en su honor, y figuran en la Fama póstuma, del Dr. Castorena y Ursúa.

La única composición hoy popular de Sor Juana en España (no sabemos si en México también), son sus ingeniosas redondillas en defensa de las mujeres contra las detracciones de los hombres. Nos parecen muy agudas y bien versificadas, pero encontramos más alma poética en otras cosas suyas. Nuestros lectores juzgarán.

Después de 1893 en que escribí estas páginas, han aparecido algunos trabajos nuevos sobre la vida y obras de Sor Juana, entre los que merecen especial aprecio, la Biblioteca de escritoras españolas del eruditísimo profesor D. Manuel Serrano y Sanz (Madrid, 1903, tomo I, páginas 289-297), y el curioso y ameno libro del poeta mexicano D. Amado Nervo, tan estimado y querido entre nosotros, Juana de Asbaje (Madrid, 1910). ¿Por qué en vez del apellido de familia, que ningún eco de gloria suscita, no estampar en la portada el nombre de religión de Sor Juana, que es también el nombre literario con que ha entrado en la inmortalidad? Teresa de Cepeda o Teresa de Ahumada sería un título muy impropio para una biografía de Santa Teresa, y correría el riesgo de no ser entendido.

Source/Fuente: Menéndez Pelayo. Historia de la poesía hispano-americana,58-78. Edited by Enrique Sánchez Reyes. Santander: Aldus, S. A. de Artes Gráficas, 1958.

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