Silueta de Sor Juana Inés

por

Gabriela Mistral


Nace entre los Volcanes.

Nació en Nepantla; le recortaban el paisaje familiar los dos volcanes; le vertían su mañana y le prolongaban la última tarde. Pero es el Iztaccíhuatl, de depurados perfiles, el que influye en su índole; no el Popocatépetl, basto hasta su ápice.

Dice Nervo que la atmósfera en ese pueblo es extraordinariamente clara. Bebía ella el aire fino de las tierras altas, que hace la sangre menos densa y la mirada más nítida, y que vuelve la respiración una leve embriaguez. Es el aire delgado, maravilloso como la delgada agua de nieves.

"Era llena de gracia"...

Esta luz de meseta le hizo aquellos sus grandes ojos rasgados para recoger el ancho horizonte. Y para ir en la atmósfera sutil, le fué dada esa esbeltez suya, que al caminar era como la reverberación fina de la luz, solamente.

No tiene su pueblo la vaguedad de las nieblas vagabundas; asímismo, no hay vaguedad de ensueño en las pupilas de sus retratos. Ni eso, ni la anegadura de la emoción. Son ojos que han visto, en la claridad de su meseta, destacarse las criaturas y las cosas con contornos netos. El pensamiento, detrás de esos ojos, tendrá también una línea demasiado acusada.

Muy delicada la nariz y sin sensualidad. La boca, ni triste ni dichosa: segura; la emoción no la turba en las comisuras ni en el centro.

Blanco, agudo y perfecto el óvalo del rostro, como la almendra desnuda; sobre su palidez debió ser muy rico el negro de los ojos y el de los cabellos.

El cuello delgado, parecido al largo jazmín; por él no subía una sangre espesa; la respiración se sentía muy delicada a su través.

Los hombros, finos también; la mano sencillamente milagrosa. Podría haber quedado de ella sólo eso, y conoceríamos el cuerpo y el alma por la mano, gongorina como el verso... Es muy bella, caída sobre la oscura mesa de caoba. Los mamotretos sabios en que estudiaba, acostumbrados a tener sobre sí la diestra amarilla y rugosa de los viejos eruditos, debían sorprenderse con la frescura de agua de esta mano...

Debió ser un gozo verla caminar. Era alta, hasta parece que demasiado, y se recuerda el verso de Marquina:

..."la luz descansa largamente en ella".

Sed de conocer.

Fué primero el niño prodigio que aprende a leer, a escondidas, en unas cuantas semanas; y después, la joven desconcertante, de ingenio ágil como la misma luz, que dejaba embobados a los exquisitos comensales del Virrey Mancera. ¡Pobre Juana! Tuvo que soportar ser el dorado entretenimiento del hastío docto de los letrados. Seguramente a ellos les interesaban menos sus conceptos que su belleza; pero allí estaba Juana, respondiendo a sus retorcidas galanterías. La donosa conversación de los salones era un plato más en ese banquete heterogéneo de la vida colonial: Inquisición, teatro devoto y aguda galantería. Juana debía divertir a los viejos retóricos, contestar sus fastidiosas misivas en verso, y pasar, en las recepciones del Virrey, del recitado de una ágil letrilla al zarandeo de la danza...

Más tarde, es la Monja sabia, casi única en aquel mundo ingenuo y un poco simple de los conventos de mujeres. Es extraña esa celda con los muros cubiertos de libros y la mesa poblada de globos terráqueos y aparatos para cálculos celestes...

No es verdad, en la gran Monja gongorina, lo de la inspiración como ráfaga desmelenada de viento; no se puede hablar de la Musa exhalándole su ardiente jadeo sobre las sienes. Su Musa es la justeza, una exactitud que casi desconcierta; su Musa es el intelecto sólo, sin la pasión. La pasión, o sea el exceso, no asoma a su vida sino en una forma: el ansia de saber. Quiso ir a Dios por el conocimiento. No tuvo delante de lo creado el estupor, y tampoco el recogimiento; sino la delectación de gozarlo matiz a matiz y perfil a perfil. Del lucero tembloroso, ella quería saber. Su maravilla es que la ciencia no la llevara al racionalismo.

Tuvo, entre otras, esta característica de su raza: el sentido crítico, lleno de cordialidad a veces, pero implacablemente despierto.

Un aguijón bajo las toscas...

Y otra característica más de sus gentes: la ironía. La tiene fina y hermosa como una pequeña llama, y juega con ella sobre los seres.

No hay que asombrarse demasiado de esta alianza de la ironía con el sayal: también la tuvo Santa Teresa; era su invisible escudo contra el mundo tan denso que se movía a su alrededor: monjas obtusas que solían recelar de la letrada y veían el cuerno del Demonio asomado entre los libros de la formidable estantería. Se olvidaban de otras celdas ilustres: las de los dos Luises españoles. Pero en la abeja rubia y pequeña el aguijón se embellece, porque el mismo instrumento que punza, fabrica la miel.

Tan impregnada está de la ironía Sor Juana, que de la conversación y las cartas la lleva hasta el verso. No es así en el rosal, donde la suavidad del pétalo está separada de la espina; la Monja pone la espina en el centro de la rosa...

El ademán de apartamiento.

¿Por qué entró al claustro? Según dicen unos, por cierto desengaño de amor; según otros, por resguardar su juventud maravillosa. Tal vez no fué éste sino un gesto como el de quien desecha una masa viscosa, el mundo, por denso y brutal, y pone sus pies sobre esa piedra blanca y pura de un convento. No le alcanzarán así los brazos con apetito de la multitud, de la plebeya ni de la cortesana. Por exceso de sensibilidad se apartó. Su actitud aparece más estética que mística.

Esto último, una mística, no es Sor Juana. Todo su pensamiento está traspasado de cristianismo, pero en el sentido rigurosamente moral. El místico es, casi siempre, mitad ardor y mitad confusión; es el hombre que entra como en una nube ardiente que lo lleva arrebatado. Ella no ha viajado nunca por el país que algunos llaman de la locura, de Swedenborg y de Novalis. El místico cree que es la intuición la única ventana abierta sobre la verdad, y baja los párpados, desdeñoso de analizar, porque el mundo de las formas es el de la apariencia. Para Sor Juana, hambrienta del conocimiento intelectual, es bueno que los ojos ciñan bien el contorno de las cosas.

Sor Juana, Monja Verdadera.

Viene el último período. Un día la fatiga la astronomía, exprimidora vana de las constelaciones; la biología, rastreadora minuciosa y defraudada de la vida; y aun la teología, a veces pariente ¡ella misma! del racionalismo. Debió sentir, con el desengaño de la ciencia, un deseo violento de dejar desnudos los muros de su celda de la estantería erudita.

Quiso arrodillarse, en medio de aquélla, con el Kempis desolado por único compañero y con la llama del amor por todo conocimiento.

Tiene entonces, como San Francisco, un deseo febril de humillaciones, y quiere hacer las labores humildes del convento, que tal vez ha rehusado muchos años: lavar los pisos de las celdas y curar la sucia enfermedad con sus manos maravillosas, que tal vez Cristo le mira con desamor. Y quiere más aún; busca el cilicio, conoce el frescor de la sangre sobre su cintura martirizada.

Esta es para mí la hora más hermosa de su vida; sin ella yo no la amaría.

La Muerte.

Coge el contagio repugnante y entra en la zona del dolor. Antes no lo conocía, y así, estaba mutilada en su experiencia del mundo. El sabor de la sangre, que es la vida, es el mismo sabor salobre de la lágrima, que es el dolor. Ahora sí la Monja sabia ha completado el círculo del conocimiento.

Como si Dios esperase esta hora de perfección, como aguarda en las frutas la laceradura, la dobla entonces sobre la tierra. No quiso llamarla a Sí en la época de los sonetos ondulantes, cuando su boca estaba llena de las frases perfectas. Viene cuando la Monja sabia, arrodillada en su lecho, ya tiene solamente un sencillo, un pobre Padre Nuestro entre sus labios de agonizante.

Como ella se anticipó a su época con anticipación tan enorme que da estupor, vivió en sí misma lo que viven hoy muchos hombres y algunas mujeres: la fiebre de la cultura en la juventud; después, el sabor de fruta caduca en la boca; y por último, la búsqueda contrita de aquel simple vaso de agua clara que es la eterna humildad cristiana.

Milagrosa la niña que jugaba en las huertas de Nepantla; casi fabulosa la joven aguda de la corte virreinal; admirable la Monja docta. Pero grande, por sobre todas, la Monja que, liberada de la vanidad intelectual, olvida fama y letrillas, y sobre la cara de los pestosos, recoge el soplo de la muerte. Y muere vuelta a su Cristo como a la suma Belleza y a la apaciguadora Verdad.

[Abside 15, no. 4 (Octubre-Diciembre de 1951): 501-506.]

(Lecturas para Mujeres, México, 1923).

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