NOTAS DE HISTORIA

Juana de Asbaje y su Tiempo

por

Agustín Cué Cánovas


II

El siglo XVI en la Nueva España corresponde a una época de estabilidad y de sólida autoridad del gobierno español, que se manifiesta incluso en el arte, representado por palacios de magnates e iglesias-fortalezas, signo elocuente de un poder firme y vigoroso. Pero, desde pricipios del siglo XVII, al iniciarse francamente la decadencia de España como gran potencia, en nuestro país el poder de las autoridades coloniales comienza su declinación. En el curso de esta centuria ocurren constantes sublevaciones indígenas, desde Yucatán hasta el Nuevo México. Primero es la rebelión de indios en Tekax, Yucatán, a la que siguen la de los tepehuanes en la Nueva Vizcaya; la de los mayas en Bakhalal, Yucatán; la de los indios tobosos en Chihuahua; las de los indios de Tehuantepec; las frecuentes insurrecciones de los indios tarahuamaras y, en los finales del siglo, los alzamientos indígenas en Tuxtla, Chiapas y en Nuevo México de donde fueron expulsados los españoles y obligados a refugiarse en El Paso, sin que pudieran recobrar ni con mucho lo perdido, pues durante más de un siglo casi toda la provincia permaneció en poder de los indios rebeldes.

Suceso inicial y decisivo en el descenso de la autoridad virreinal fue el motín ocurrido en la ciudad de México en 1624, a resultas del conflicto entre el virrey Gelves y el arzobispo Pérez de la Serna, que culminó con el incendio del palacio virreinal y la fuga del virrey que hubo de ser substituído por el marqués de Cerralvo. En 1639 tiene lugar un pleito por puntos de inmunidad entre el arzobispo de México don Juan Manso, y el virrey marqués de Cadereita. Tres años más tarde, el virrey duque de Escalona, quien lo acusaba de abusos y de querer levantarse con el reino de la Nueva España a favor de su primo hermano, el duque de Braganza, que había dirigido la rebelión de Portugal contra España. Testimonio fue este suceso, del secular conflicto entre las postestades civil y religiosa pero también del desprestigio en que iba cayendo la autoridad de monarcas y virreyes. "Comenzaba pues el tiempo --dice Orozco y Berra--, en que el virreinato de la Nueva España dejando de ser un puesto a donde se servía al estado con desinterés y sólo por cumplir con las graves obligaciones de un ciudadano, era visto como un lugar lucrativo propio para hacer caudal, sin tener en cuenta para pretenderlo si se tendría la capacidad bastante para desempeñarlo cumplidamente; y en efecto, a los íntegros ministros que gobernaron la colonia sucedieron no pocos hombres rapaces y venales, que dejaron larga fama de sus riquezas amontonadas vendiendo la justicia y su honor".

A fines del siglo XVI ocurre un nuevo y terrible motín de la plebe de la capital, originado por un hambre general producida por la pérdida de las cosechas. El populacho de la ciudad de México asaltó e incendió el palacio virreinal, las casas de cabildo y los cajones del Parián, obligando a huir al entonces virrey Galves. Poco tiempo después la ciudad de México era azotada por una mortífera peste entre cuyas víctimas se contó a la misma Juana de Asbaje.

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Otras perturbaciones y conflictos, no menos graves y decisivos, tienen lugar. Entre las órdenes religiosas, corrompidas y dueñas de riquezas, aparecen síntomas de inquietud y desasosiego. Se suscitan disputas constantes y enconadas entre religiosos peninsulares y criollos. También de las órdenes religiosas entre sí, por las parroquias más pingües en diezmos y otros beneficios. Se suceden los pleitos entre seculares y regulares, por los motivos anteriores y también por materias de jurisdicción, pleitos que van a culminar en el siglo siguiente con la victoria de los primeros. Es importante el conflicto ocurrido en 1647 entre los padres jesuítas y el obispo Palafox quien prohibió a los primeros se atreviesen a confesar y predicar, en su obispado, sin previa licencia suya. El virrey conde de Salvatierra apoyó a los jesuítas y el pueblo se agitó contra éstos, cuando el obispo fijó cédulas excomulgando a los padres de la Compañía. Llevando el asunto a conocimiento del Papa, éste hubo de dar la razón al obispo un año después de iniciado el conflicto.

En esta atmósfera de pugnas y de inquietudes, en el seno de la sociedad como en el de la misma iglesia, el elemento criollo se va afirmando política y culturamente. En la segunda mitad del siglo hay ya un obispo de origen criollo. Aunque de modo elemental, al conjuro de los cambios que se producen en el país, se inicia ya, particularmente a partir de los finales del siglo, entre criollos y euromestizos, una conciencia de su destino histórico y de su importancia como clase representativa de una nacionalidad en gestión frente a la metrópoli en decadencia.

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Es también el siglo XVII la edad de oro de la piratería en los mares, a partir de la derrota de la Armada Invencible en 1588. España se encuentra impotente para proteger sus colonias de los ataques de las naciones enemigas. En el curso de la decimaséptima centuria, la Nueva España sufre constantemente las incursiones de piratas y corsarios, cuyos ataques crecen paralelamente a la decadencia del poderío político y naval de España. En 1625 una escuadra holandesa entra a Acapulco aunque se ve obligada a abandonarlo pronto. Poco después corsarios de la misma nación atacan a la flota que volvía de Veracruz a la altura del Canal de Las Bahamas y otros piratas al mando de Pie de Palo capturan y saquean Campeche. A mediados del siglo se inician grande pérdidas para el comercio español por ataques reiterados de piratas. Desde 1654 los ingleses, sin estar en guerra con los españoles, pirateaban en el Golfo y en las islas. El gobierno español se quejaba inútilmente ante Oliverio Cronwell, Protector de Inglaterra. Jamaica era capturada por los ingleses y de esta isla salían corsarios que pirateaban en las Antillas y en la costa de México, dejándose ver en las mismas aguas de Veracruz. La isla de Tortuga era dominada por piratas franceses. Campeche era nuevamente asaltada y saqueada. Años más tarde, el puerto de Veracruz era capturado por el corsario inglés Agramont y el mulato Lorencillo. Los [sic] incursiones de corsarios ingleses y franceses se intensificaban y Acapulco era víctima de los primeros en 1685.

Francia aparecía como nuevo rival de España en América, amenazando la lejana provincia de Texas. Los franceses fundaban una colonia en las costas del Golfo. El gobierno español se manifestaba impotente para contrarrestar los ataques y amenazas de sus implacables y tenaces enemigos.

[El Nacional (6 de diciembre de 1951): 3; 6.]

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