SEMBLANZA DE SOR JUANA


LA CRITICA


por

Ermilo Abreu Gómez

EN las honras de don Juan Ruiz de Alarcón y demás ingenios mexicanos, celebradas en 1878, D. Ignacio Montes de Oca dijo que ni amigos ni enemigos habían sabido apreciar el carácter de Sor Juana Inés de la Cruz (1). Es de advertir, sin embargo, que los juicios de unos y otros, respondían, antes que al criterio de los hombres, a las exigencias escolares de los tiempos. Y así, sobre el conocimiento real de la poetisa, cada siglo llegó a imponer el sello de su sentencia y el valor de su dogma. De ahí que hasta el siglo XIX, los diferentes pareceres emitidos acerca de ella pueden presentarse y agruparse bajo el rubro del gusto de la época a que pertenecen (2). Es sólo en el siglo XX --como se expone más adelante-- cuando la crítica, objetivando los valores que maneja, ensaya situar la figura de Sor Juana dentro del marco histórico y estético que le pertenece. En general, los letrados de la segunda mitad del siglo XVII, sólo estaban dispuestos a aplaudir la concurrencia o paridad que se establecía entre la voz de los poetas y las recetas en circulación. No hacían más esfuerzo crítico que el necesario para verificar este cotejo. Si el verso coincidía con la doctrina vigente, era tenido por bueno, y repudiado si se apartaba de ella. Más bien se apreciaba el mérito por la docilidad del alumno que por la calidad de la obra. A la perfección técnica se prefería el carácter singular de la composición, así cayera ésta en extravagancia. Lo cual equivalía a confundir lo genuino con lo pintoresco (3). Sólo de vez en vez se deslizaban censuras contra el retorcimiento culterano o contra la ineficacia del rebuscamiento de las palabras --tal como se observa en Moreto y en Rojas. De esta suerte la obra de Sor Juana provocó dictámenes incompletos y parciales, cuando no confusos y aun inasibles para el sentido moderno. El P. Tineo de Morales, aprobador del tomo primero de las obras de la poetisa, pondera "aquella propiedad de las voces, aquella cultura sin afectación de las metáforas y la llaneza de las noticias, lo amaestrado del discurso, aquella facilidad dificultosa del Argensola que parece que todo se lo halla dicho" (4). El censor del tomo segundo, el clérigo menor Juan Navarro Vélez, añade que aún los más escrupulosos tendrán que admitir "lo terso de su estilo, en lo propio de las translaciones y metáforas y en lo natural de su númen". Al referirse, particularmente, a sus versos, escribe: "véolos por todas partes centellear elevadísimos conceptos, explicados con facilidad grande". D. Ignacio de Castorena y Ursúa, en el tercer tomo, escribe que "los versos de la poetisa son naturales, claros, sutiles, conceptuosos, siempre adelantando, ceñidos al intento; y su prosa llena las leyes de lo elocuente y retórico con peregrina claridad, sin palabra forastera". En el primer tomo, D. Rodrigo de Ribadeneira y Noguerol elogia la abundancia de las ideas de la monja diciendo que si la Parca leyera sus obras

y resolviera
contar por sus conceptos, sus instantes,
nunca su fin en muchos siglos viera.

También fué mal apreciada la información de Sor Juana. Sin order ni concierto, a su costa se escribieron elogios y comentarios (5). El P. Diego de Heredia, censor del mismo tomo tercero, asegura que la admiración por Sor Juana crecerá cuando se lea su Respuesta, en la cual "se ve manifiesta, como una luz detrás de un vidrio muy diáfano, la solidez con que supo ciencias tan muchas y ninguna enseñada". El P. Diego Calleja, S. J., que lo prologa, agrega que en El Sueño "se suponen sabidas cuantas materias en los libros de ánima se establecen, muchas de las que tratan los mitólogos, los físicos, aun en cuanto médicos" (6). El citado P. Navarro asegura que entre sus versos "resplandecen más vivas flamantes luces de erudición". Y una Gran Señora que la elogia, la llama, en una Décima Acróstica, "númen de ciencias infusas". También se creyó que sus conocimientos los adquirió por vías mágicas, por caminos de adivinación, sin esfuerzo alguno. Se olvidó que la poetisa luchó contra los modelos cultistas y que cuando se rindió a éstos, lo hizo deliberadamente, bien para manifestar con burlas su inconformidad, bien para poner de relieve, de modo tácito, su discordancia en la interpretación de su proceso. De igual manera se ignoró que no hubo noticia ni saber que no le costara el esfuerzo de su voluntad y de su entendimiento. No se paró mientes en que la monja conoció la fuerza de sus armas y el valor de sus limitaciones. Sobre todo, no se tuvo conciencia de que, en cierto modo paradójico, en sus fallas y reservas radicó la fuerza de su virtud. El siglo XVII fué, pues, ciego para mirar la realidad íntima de la monja; ni vió sus verdaderos aciertos ni acertó a entender sus errores; ni siquiera se atrevió a señalar las oscilaciones de su talento, las impurezas de su inspiración. Vista en conjunto la opinión de esta centuria, se advierte que Sor Juana fué apreciada por sus contemporáneos, pero no fué entendida ni juzgada. Había en sus émulos más rendimiento que juicio. Se inclinaron ante ella, como antes un ser milagroso. Y ya se sabe, la mejor manera de hacer imposible la comprensión y el análisis de una figura histórica es arrodillarse en su presencia. En efecto, una monja, mitad española y mitad mexicana, que nace en el olvido de una alquería, sabe cosas disímiles, critica a los teólogos, compone versos eróticos y aun picarescos y es amiga de virreyes y arzobispos, tenía que resultar, para aquella sociedad devota y ritualista, un ente inusitado, diabólico o de predestinación celestial. Y como a tal sujeto, el Virrey Marqués de Mancera, la recibió en su palacio y, para desengañarse de una vez, la hizo examinar en medio de un coro de doctores y tertulios.

Miss Dorothy Schons advierte que en el siglo XVIII no se escribió mucho acerca de Sor Juana. Este silencio no es atribuible sólo a México, sino también a España. Los únicos que se ocuparon de la monja y eso de modo pasajero, fueron el P. Feijoo en el discurso XVI de su Teatro Crítico y Cayetano Cabrera y Quintero, en su libro titulado Escudo de Armas de México. Las palabras del benedictino respondían ya al cambio del gusto que se operaba en las letras españolas. (En España se leía como síntesis y aprobación de la retórica de Bioleau y de no pocas doctrinas de Vico, la Poética, de Luzán). Por esta razón se van ahora a olvidar los más esenciales valores literarios de Sor Juana. Se llegará al extremo de negarle su condición poética. Todo se volverá contra ella, no ya como en el siglo XVII, por razones de disciplina monástica, sino por melindres de un supuesto buen gusto. Apegado a estas normas el erudito español escribió: "diré que lo que menos tuvo fué talento para la poesía, aunque es lo que más se celebra". (Repite, en cambio, la exageración que se había hecho del caudal de su ciencia: "Ningún poeta la iguala en universalidad de noticias de todas facultades"). Cabrera y Quintero, en verdad, no dijo nada acerca de ella; se contentó con citarla de modo enrevesado, en un pasaje de su Escudo: "Sor Juana es flor y cultivo de nuestro México y en cuya gigante aplicación, tan monstruosa como su ingenio, trabajó más la realidad para exaltarla que cuanto fingió la poesía de alguno y la expositiva de otro a competirla" (7). Esta tendencia negadora de los méritos de Sor Juana se acentúa en casi todo el siglo XIX. (Sólo por excepción, podría citarse el discurso de J. M. Vigil, pronunciado en el Liceo Hidalgo, en México, el 12 de diciembre de 1874). Ya no será la poetisa ni sencilla ni erudita, sino barroca, cuando no baladí. Desaparecerá la intimidad de su alma. Se perderán los resabios de su rebeldía --hija de su espíritu crítico-- y los valores arbitrarios de su obra, producto de su educación autodidáctica. Nicasio Gallegos --en el prólogo a las obras de la Avellaneda-- se atreverá a decir que "los versos de Sor Juana, atestados de extravagancias gongorinas y de conceptos pueriles y alambicados, yacen entre el polvo de las bibliotecas desde la restauración del buen gusto". Mesonero Romanos --prólogo a Dramáticos Posteriores a Lope-- completará la sentencia, diciendo que el estilo de la monja es "culto, metafórico y alambicado, que antes se llamaba sublime y que tan de moda habían puesto Diamante (8) y Candamo, a quienes casi siempre llega a exceder en él". Y Menéndez y Pelayo --Antología de Poetas Hispanoamericanos-- con poco rigor, concluirá que "en su fantasía del Sueño se ponía a imitar las Soledades de Góngora, resultando más inaccesible que su modelo". (De las Soledades, Dámaso Alonso ha escrito: "la obscuridad de las Soledades es una idea que sólo ha podido abrirse paso dentro de la rutina en que da vueltas a la noria la crítica oficial de España". El contenido, ni lírico ni novelesco, sino filosófico, de Primero Sueño, hace todavía más viable la penetración y alcance de su tesis).

Como queda dicho, es preciso llegar al siglo XX para advertir la iniciación de una crítica veraz, elaborada sobre documentos y apoyada en ordenaciones justas, filosóficas, equidistantes de la negación fanática como de la afirmación panegirista. En efecto, los trabajos que se inician en el primer tercio del sgilo, acerca de la figura y de la obra de Sor Juana, se desenvuelven sobre el conocimiento de su realidad humana y de su labor literaria. La leyenda mística que a su costa se inventó, queda de lado para cubrir el expediente de los devotos. Completan su bibliografía los trabajos de Pedro Henríquez Ureña y Miss Dorothy Schons; su obra adquiere nueva orientación gracias a Manuel Toussaint y al mismo Henríquez Ureña; y su vida se esclarece en virtud de los documentos que aportan Luis González Obregón y la citada Miss Schons.

Ha faltado, pues, en la mayoría de los casos, idoneidad para juzgar a Sor Juana. (9). Esta ausencia de sentido crítico y de veracidad histórica se evidencia por el hecho de que, tras las huellas de tanto parecer, no puede seguirse el camino de ninguna lección filosófica, lo cual constituye la causa del tardío florecimiento de los estudios relacionados con la monja. Justos o injustos, los dictámenes emitidos hasta el siglo XIX, dan la impresión de que no fueron elaborados dentro del concepto de lo que es la literatura como función o parte del espíritu humano, sino sólo para satisfacer las exigencias de un precepto puramente retórico (10).

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NOTAS

1 Por la Academia Mexicana, correspondiente de la Real Española, en la Iglesia de la Profesa de México, el día 3 de agosto de 1878.

2 De igual manera pudo observar Américo Castro en El Pensamiento de Cervantes, que "a principios del siglo XIX se juzgaba el Quijote según normas neoclásicas". Y así como Francisco A. de Icaza examina la crítica cervantina en El Quijote durante tres siglos, podría intentarse un estudio relacionado con las apreciaciones que la monja ha merecido a través del tiempo.

3 Esta postura era consecuencia --desviada de sus normas justas-- del carácter del Renacimiento. Ya se ha indicado que una de las diferencias que existen entre la Edad Media y el Renacimiento, consiste en que: mientras en la primera época el artista no intentaba nada si antes no disponía de la comprensión de sus contemporáneos, en la segunda cuenta siempre con el saber de los eruditos para la interpretación de sus obras.

4 Sor Juana cita a Leonardo Lupercio de Argensola, 1714, III, 143.

5 Junto con su saber se hizo el elogio de la precocidad de que dió muestras. El P. Calleja dice que Sor Juana fué tan lista y aprovechada que, sin sujetarse a las perezas del deletreo, leía de corrido. 1700, III.

6 Todavía en el siglo XVIII figuraba en la Universidad Pontificia de México, la cátedra de filosofía que comprendía los Libros de Física, Generatione, y de Anima. Seguíase en física la doctrina de Aristóteles.

7 "Estudiosos, acaso, de las líneas del Apeles Simbólico, por von Ketten, 1699, y de su autor del todo extranjero, por polaco, quien colocando después del Conde Manuel Thesauro, a esta insigne monja, tesoro también, manual de agudezas y conceptos, indicó como ajenos y casi ficticios sus partos, para la esterilidad de una monja. De donde creyéndose fingida la una monja, se fingieron también sus competidores".

8 Juan Bautista Diamante, dramaturgo que remedaba las formas calderonianas e iniciaba ya la imitación, en España, de los poetas franceses, como en El Honrador de su Padre, glosa de Le Cid, de Corneille.

9 Los errores cometidos al tratar de la historia y de la crítica de Sor Juana, son más abundantes de lo que pudiera imaginarse. En ellos están representados no escasos autores de nota: desde Beristáin hasta Ticknor, pasando por Menéndez Pelayo, Coester, etc. Marcos Arróniz dice que Sor Juana fué nombrada dama de honor de la Condesa de Paredes, tomando a ésta por la Marquesa de Mancera. Beristáin, Coester y Menéndez Pelayo, confunden la Carta del Obispo de Puebla, con la Carta Atenagórica de Sor Juana. Ticknor escribe: "quien más sensación causó, después de Solís, fué Juana Inés de la Cruz, más notable como mujer que como poetisa, nació en Guipúzcoa", (sic).

10 Las propias ediciones de las obras completas de la poetisa denuncian el grado de estimación en que era tenida. Mientras en el siglo XVII se hicieron las ediciones de 1689, 1690, 1691, 1692, 1693, y en los primeros años del XVIII, las de 1700, 1701, 1709, 1714, 1715 y 1725, es hasta fines del XIX y principios del XX, cuando se renueva la actividad editorial y se publican --aunque ya siempre en forma antológica, lo que supone intención crítica-- las correspondientes a 1914, 1926, 1928, 1931, 1933 y 1934.

Source: Abreu Gómez, Ermilo. Semblanza de Sor Juana, 9-17. México: Ediciones Letras de México, 1938.

ŠThe Sor Juana Inés de la Cruz Project.